sábado, 29 de diciembre de 2012

Rebelión, Convicción, Responsabilidad





<< ¿Qué es un hombre rebelde?>> –se preguntaba Albert Camus— <<Un hombre que dice No>>, respondía. Pero estamos acostumbrados a que los hombres del común, como los grandes personajes, por ejemplo de la Política, digan <>, cuando antes dijeron <no>. Y no nos referimos a cuestiones pueriles, sino a asuntos de verdadero calado político y económico. En el fondo, es la eterna cuestión que Max Weber reflejó bajo la dicotomía: ética de la convicción (Gesinnungsethik), ética de la responsabilidad (Verantwortungsethik). Sobre ello volveremos más adelante.

Antes de plantearnos el sentido, si lo tiene, de qué significa <rebelión> para el hombre de hoy, tratemos de fijar algunos modelos, de una forma muy sumaria y simplificadora, de las opciones por donde ha discurrido la rebelión en la modernidad:

a)       Una rebelión que apela al individuo, a la individualidad.
b)       Una rebelión que apela al colectivo, a la <clase>, al <grupo>, etc.

Fijémonos en dos ejemplos –hasta cierto punto extremos- de la primera: el Evangelio y el filósofo alemán Nietzsche. Ambos llaman a la conciencia del <individuo>, nunca a la colectividad; ambos apelan al ser humano, haciéndole ver que el hombre tiene que ser superado. Uno tiene que despojarse tanto de las superfluidades como de las esencialidades que constituyen su vida, para concentrarse en la única cosa necesaria: el arrepentimiento y la autosuperacíón para estar en condiciones de entrar en Reino próximo. Estamos ante una absoluta ética de la convicción, sin matices que llega a pedir algo tan ‘inhumano’ como desentenderse de enterrar a un padre. Ética presidida por una urgencia escatológica que no permite distracciones.
Nietzsche emplaza a la superación del gregarismo en el que cree se ha convertido la sociedad europea, la Europa de los tenderos y comerciantes, la Europa del <animal de rebaño>. Llama a una transvaloración, pero no apela a instrumentos colectivos para gestar el cambio; Zaratustra emplaza a los individuos desconfiando de todos los poderes y aún más del Estado, <<el más frío de los monstruos fríos>>.

La rebelión que ha apelado al hombre en lo que tiene de <social> (miembro de una clase, de un partido, de una raza o de una élite) ha sido más frecuente, más drástica, más rica en consecuencias, a menudo trágicas. El marxismo emplazaba a la revolución de la clase trabajadora para liberarla de una situación de explotación insoportable y desde luego éticamente injustificable. Lo hacían sus representantes teóricos desde la ética de las convicciones. Asunto distinto es lo que los partidos socialistas y socialdemócratas, y la parte más avanzada de la Democracia Cristiana, hayan hecho desde el poder en la Europa del siglo XX. A menudo combinar con inteligencia la ética de las convicciones con la ética de la responsabilidad. Ni que decir tiene que las formas más feroces de rebelión trasladadas al ejercicio del poder, digamos los totalitarismos nazi y estalinista (sin olvidarnos de nuestro franquismo), han convertido las convicciones en masacres colectivas. No será necesario entrar en detalles.

Ahora estamos en un momento de las sociedades donde hablar de <rebeldía> o <rebelión> no parece implicar las consecuencias de antaño. Pero la mayoría de las formas rebelión actual están más degradadas y son más degradantes que nunca: especialmente el terrorismo, cualquiera que sea su origen y justificación (ideológica, nacional o religiosa), que no constituye más que una  escalada sangrienta a un paraíso deshabitado, como lo definió hace ya muchos años Umberto Eco.

Entonces, ¿tiene algún sentido la ‘rebelión’ para el hombre y la mujer común, para el ciudadano europeo? Destruidos los grandes ideales, conformadas las sociedades bajo fórmulas políticas razonablemente democráticas, anestesiados nuestros sentidos bajo el señuelo del consumo y el confort, apenas hilvanada la unidad de los sujetos…, ¿qué podemos hacer? Nietzsche pecó de optimismo cuando creyó posible una humanidad superior, el superhombre (o ultrahombre, si se prefiere la expresión de Gianni Wattimo), aunque deberíamos hacerle más caso en su insistencia en la unidad de Europa y en su denuncia de los particularismos. ¿Qué nos queda? Antes mencionamos la ética de la convicción y de la urgencia de Jesús de Nazaret. Más serenamente ahora, sin tanta urgencia, puesto que ningún Reino de felicidad se nos aproxima, ¿no resulta razonable rescatar las grandes lecciones contenidas en los Sinópticos: la apertura amorosa hacia el otro, la cercanía y ayuda al prójimo más débil, la defensa insobornable de las víctimas (lo mejor del mensaje cristiano para René Girard)? ¿No sería ése suficiente proyecto ético para una vida razonable? ¿No sería no sólo suficiente sino más necesario aún que antes, cuando nuestra sociedad parece retroceder en estas cuestiones, como acertadamente señalaba Víctor Gómez Pin en su artículo reciente “El Mal” (El País, 3 de octubre)?


Debatir con la increencia







L
a reciente  y merecidísima concesión al eminente teólogo castellano Olegario González de Cardedal del premio ‘Ratzinger’ (Una especie de <<Nobel>> de la Teología), que le fue entregado hace escasos días por el propio Pontífice en Roma, nos hace recordar con agradecimiento, a aquellos que militamos en la izquierda política y a la vez en el cristianismo transformador, la extraordinaria labor intelectual de varias generaciones  de eminentes teólogos, católicos y protestantes, que llevan desde la segunda mitad del siglo XX pensando con la Modernidad, debatiendo con la in-creencia, dejando a un lado las condenas y tratando de aprender y a la vez enseñar algo a los hombres que, viviendo sin Dios, son enormemente honestos y moralmente impecables. Nos referimos a pensadores cristianos como el propio González de Cardedal, González Faus o J. M. Castillo, por poner ejemplos españoles y a Lubac, Balthasar o Pannenberg, por citar algunos extranjeros.

     Lo que fundamentalmente hay que valorar en estos pensadores cristianos es que sus juicios sobre los acérrimos <enemigos> de la religión sean ponderados y reconozcan en aquéllos (desde Feuerbach a Nietzsche, desde Sartre a La Escuela de Frankfurt, por ejemplo), nobleza de planteamientos y un fondo de humanismo, de preocupación verdadera por el destino del hombre y su mejora. Siempre hemos defendido que el catolicismo inteligente tiene que mirar de frente a los pensadores honestos que lo atacan, comprenderlos, atreverse a valorar aquello en lo que aquellos descubren errores, insuficiencias o traiciones en el seno de la religión propia. Ciertamente el cristianismo durante el siglo XX ha fluctuado entre recogerse sobre sí mismo y envolverse en la tupida capa de la tradición, condenando lo exterior (como hoy parece evidenciarse) o mirar de frente el discurso anticristiano y pelearse noblemente con él, como en los años 60. Porque, después de todo, la pregunta no es  por qué hay cabezas tan profundas y formadas que son anticristianas, sino ¿por qué hay tantos millones de seres humanos a los que Dios, o la Religión no producen frío ni calor, apenas dedican segundos en sus vidas a pensar tales asuntos y viven y mueren como si estas cuestiones fueran mínimas o fueran nada? La Iglesia puede mirar hacia fuera y buscar culpables: el relativismo, los devastadores jabalíes… pero de ello sacará poco fruto. Puede condenar la incredulidad  o perversión moral del hombre concreto, pero así ayudará poco al hombre concreto. Tal vez sería más prudente por su parte interrogarse a sí misma: ¿por qué hay millones de hombres y mujeres que –educados muchos de ellos en los valores cristianos en su infancia- manifiestan no tanto hostilidad (en la hostilidad aún hay reconocimiento del enemigo) sino algo peor: completa indiferencia; completa indiferencia hacia Dios, hacia su Hijo, hacia los fundamentos antropológicos humanos, hacia la gracia o hacia el amor..  ¿Qué hemos hecho mal como creyentes, qué poca firmeza, fuerza o alegría transmiten nuestras creencias para que nuestro ejemplo valga tan poco? Como Zaratustra cuando decía lo poco salvados que parecen los salvados.

Hemos de reflexionar sobre los fundamentos de nuestra fe misma. ¿Se basa en la convicción, en la reflexión pausada sobre nuestros textos evangélicos? ¿Hemos incorporado la vocación de servicio a los demás como paradigma de nuestra actuación social o vivimos un cristianismo deshuesado, blando, puramente costumbrista?
 Reflexionemos sobre estas dos citas de Henri de Lubac, escritas nada menos que en 1942 (¡eso sí que eran tiempos duros!) y que siguen interpelando a los cristianos hoy con tanta fuerza como hace 70 años, cuando las redactó este extraordinario jesuita francés:

<<Tal como lo practicamos nosotros, tal como lo pensamos ahora, es una religión débil, ineficaz; religión de ceremonias y de devociones, de ornamento y de consolación vulgar, sin profundidad seria, que no hace mella en la realidad de la actividad humana, y a veces hasta falta de sinceridad. Religión al margen de la vida, que incluso nos arroja fuera de ella. He aquí a lo que ha venido a parar en nuestras manos el Evangelio>>


<<Muchos de entre nosotros ¿acaso no hacen profesión de catolicismo por las mismas razones de confort íntimo y de conformismo social que les harían rechazar, hace veinte siglos, la inquietante novedad de la Buena Nueva?>>




Publicado en La Rioja, 9 de julio de 2011