<< ¿Qué es un hombre rebelde?>> –se
preguntaba Albert Camus— <<Un
hombre que dice No>>, respondía. Pero estamos acostumbrados a que los
hombres del común, como los grandes personajes,
por ejemplo de la Política, digan <sí>,
cuando antes dijeron <no>. Y no
nos referimos a cuestiones pueriles, sino a asuntos de verdadero calado
político y económico. En el fondo, es la eterna cuestión que Max Weber reflejó
bajo la dicotomía: ética de la convicción (Gesinnungsethik),
ética de la responsabilidad (Verantwortungsethik).
Sobre ello volveremos más adelante.
Antes de
plantearnos el sentido, si lo tiene, de qué significa <rebelión> para el
hombre de hoy, tratemos de fijar algunos modelos, de una forma muy sumaria y
simplificadora, de las opciones por donde ha discurrido la rebelión en la
modernidad:
a)
Una rebelión que apela al individuo, a la
individualidad.
b)
Una rebelión que apela al colectivo, a la
<clase>, al <grupo>, etc.
Fijémonos en dos ejemplos –hasta cierto punto extremos- de la primera:
el Evangelio y el filósofo alemán Nietzsche. Ambos llaman a la conciencia del
<individuo>, nunca a la colectividad; ambos apelan al ser humano,
haciéndole ver que el hombre tiene que
ser superado. Uno tiene que despojarse tanto de las superfluidades como de
las esencialidades que constituyen su vida, para concentrarse en la única cosa necesaria: el
arrepentimiento y la autosuperacíón para estar en condiciones de entrar en Reino próximo. Estamos ante una absoluta
ética de la convicción, sin matices que
llega a pedir algo tan ‘inhumano’ como desentenderse de enterrar a un padre.
Ética presidida por una urgencia escatológica que no permite distracciones.
Nietzsche emplaza a la superación del gregarismo en el que cree se ha
convertido la sociedad europea, la Europa de los tenderos y comerciantes, la Europa del <animal de rebaño>.
Llama a una transvaloración, pero no apela a instrumentos colectivos para
gestar el cambio; Zaratustra emplaza a los individuos desconfiando de todos los
poderes y aún más del Estado, <<el
más frío de los monstruos fríos>>.
La
rebelión que ha apelado al hombre en lo que tiene de <social> (miembro de
una clase, de un partido, de una raza o de una élite) ha sido más frecuente,
más drástica, más rica en consecuencias, a menudo trágicas. El marxismo
emplazaba a la revolución de la clase trabajadora para liberarla de una
situación de explotación insoportable y desde luego éticamente injustificable.
Lo hacían sus representantes teóricos desde la ética de las convicciones.
Asunto distinto es lo que los partidos socialistas y socialdemócratas, y la
parte más avanzada de la Democracia Cristiana, hayan hecho desde el poder en la
Europa del siglo XX. A menudo combinar con inteligencia la ética de las
convicciones con la ética de la responsabilidad. Ni que decir tiene que las
formas más feroces de rebelión trasladadas al ejercicio del poder, digamos los
totalitarismos nazi y estalinista (sin olvidarnos de nuestro franquismo), han
convertido las convicciones en masacres colectivas. No será necesario entrar en
detalles.
Ahora
estamos en un momento de las sociedades donde hablar de <rebeldía> o
<rebelión> no parece implicar las consecuencias de antaño. Pero la
mayoría de las formas rebelión actual están más degradadas y son más
degradantes que nunca: especialmente el terrorismo, cualquiera que sea su
origen y justificación (ideológica, nacional o religiosa), que no constituye
más que una escalada sangrienta a un paraíso deshabitado, como lo definió hace
ya muchos años Umberto Eco.
Entonces,
¿tiene algún sentido la ‘rebelión’ para el hombre y la mujer común, para el
ciudadano europeo? Destruidos los grandes ideales, conformadas las sociedades
bajo fórmulas políticas razonablemente democráticas, anestesiados nuestros
sentidos bajo el señuelo del consumo y el confort, apenas hilvanada la unidad
de los sujetos…, ¿qué podemos hacer? Nietzsche pecó de optimismo cuando creyó
posible una humanidad superior, el superhombre
(o ultrahombre, si se prefiere la
expresión de Gianni Wattimo), aunque deberíamos hacerle más caso en su
insistencia en la unidad de Europa y en su denuncia de los particularismos.
¿Qué nos queda? Antes mencionamos la ética de la convicción y de la urgencia de
Jesús de Nazaret. Más serenamente ahora, sin tanta urgencia, puesto que ningún Reino de felicidad se nos aproxima, ¿no
resulta razonable rescatar las grandes lecciones contenidas en los Sinópticos:
la apertura amorosa hacia el otro, la
cercanía y ayuda al prójimo más débil, la defensa insobornable de las víctimas
(lo mejor del mensaje cristiano para René Girard)? ¿No sería ése suficiente
proyecto ético para una vida razonable? ¿No sería no sólo suficiente sino más
necesario aún que antes, cuando nuestra sociedad parece retroceder en estas
cuestiones, como acertadamente señalaba Víctor Gómez Pin en su artículo
reciente “El Mal” (El País, 3 de octubre)?

