Una
referencia fugaz del escritor Félix de Azúa a dos de los tres más grandes
cómicos cinematográficos que ha dado el
siglo XX (el tercero es Buster Keaton), nos ha inspirado estas líneas. Tachaba,
a mi entender atinadamente, a Chaplin de <cristiano>, a los hermanos Marx
de <nihilistas>. Intentemos bajo las premisas de estas dos formas tan
distintas de entender el humor y la
vida, considerar dos actitudes plausibles de estar-en-el-mundo.
Caben
pocas dudas de que si alguien en el cine crea una actitud permanente, no sólo un <personaje>, sino una
<persona>, que se mantiene bastante idéntica a sí misma durante películas
y películas, años y años (incluso con la llegada del sonoro), ese alguien es
Charles Chaplin y esa persona es Charlot, el vagabundo. Son tantos los rasgos en
que la actitud hacia la vida y los seres de Charlot tiene como modelo a Jesús
de Nazaret que parece casi ocioso argumentarlo. Por extensión, aunque se puede
calificar toda su actitud vital de ‘humanista’, a nosotros nos parece más
adecuado llamarla <cristiana>.
No
insistamos mucho en ello, pues parece evidente: al menos dos actitudes de
Chaplin son esencialmente cristianas:
Charlot tiene el mismo amor por los desvalidos, presenta muchos de los rasgos
profundamente antiinstitucionales de Jesús (aunque hayan sido sepultados por
siglos de colaboración de la Iglesia con los poderes temporales) y, desde
luego, actúa con su mismo optimismo vital incurable: su afirmación de la vida,
de lo vivo, y la capacidad del ser humano para perdonar y rectificar una y otra
vez.
Es
posible que esta actitud de Chaplin, que aún está intacta en el Gran Dictador, por ejemplo, se
volatilice en el creador maduro, desencantado, afectado por el macartismo,
reñido con la Industria y que se ha vuelto más escéptico (Monsieur Verdoux); mas esto no afecta al Charlot de tantas y tantas
obras maestras que estamos considerando.
También
estaremos de acuerdo en que los Hermanos Marx representan otra forma de humor y
de crítica social, menos <constructiva>, más descarada, que bien podemos
calificar de <nihilista>, como podíamos hacerlo de <anarquista>,
hedonista, etc. Es verdad que casi en cada película les encargan un
<caso> donde deben hacer posible el amor de la pareja ‘buena’ y
desenmascarar-ridiculizar a los malvados. Pero todo ello parece en realidad demasiado
forzado, innecesario, de tercera categoría, en relación con las verdaderas
secuencias de los Marx en estado puro, en que el humor, la acidez y la burla de
la Cultura se despliega sin cortapisas. Piénsese, entre otros muchos ejemplos,
en el inicio de Un día en las Carreras,
cuando Chico Marx vende decenas de volúmenes a Groucho, que sólo quiere apostar
dos dólares a un caballo (el diálogo se inicia así:
(Groucho)
Oiga, dos dólares a Sun-up
- (Chico). Al rico helado de Tutti-Frutti. ¡Ps! Oiga, usted
- (Groucho) Sí
- (Chico): ¿quiere un pronóstico caliente?
- (Groucho): no, gracias, acabo de comer. Además, no me gustan los helados calientes )
- (Chico). Al rico helado de Tutti-Frutti. ¡Ps! Oiga, usted
- (Groucho) Sí
- (Chico): ¿quiere un pronóstico caliente?
- (Groucho): no, gracias, acabo de comer. Además, no me gustan los helados calientes )
Otras secuencias son más claramente corrosivas
de las buenas maneras sociales, del barniz de superficialidad social que
encubre la violencia del fuerte y la brutalidad de las clases dominantes, que
son constantemente ridiculizadas: recuérdese la secuencia de los sombreros en Una Noche en la Ópera.
Cierto
es que en los propios hermanos Marx hay también diferencias de estilo
fundamentales: mientras Groucho dinamita el lenguaje convencional y ridiculiza
las costumbres burguesas por exageración o por presentarlas descarnadamente (‘¿Quiere casarse conmigo, le dejó mucho
dinero?…), Harpo Marx es sin duda la sinrazón absoluta, el niño eterno, las
apremiantes demandas del Deseo, el capricho y el instinto, el juego. El otro
hermano, tan genial como los otros dos, Chico Marx, participa de
características de ambos: la palabra (Groucho), la acción (Harpo).
Estos
dos modelos de comicidad que se expresan a través del cine pueden reflejar modelos de
comportamiento humano que encontramos, sin el brillo del genio, en los
hombres corrientes, en nosotros. Conozco, conoceremos, muchos hombres y mujeres
que siguen viviendo con la actitud de Chaplin, que es la actitud de la caridad.
Están dentro y fuera de la Iglesia, están dentro y fuera del cristianismo.
Viven en una actitud de servicio, reconocen en los sufrimientos ajenos el
espejo de los propios, son rebeldes ante la violencia siempre injustificable
que se produce en todos los ámbitos de la vida: en el hogar, en el siniestro y
cruel terrorismo, en el trabajo. Son contradictorios, desde luego, no ángeles,
pero mantienen viva la fe en una esperanza de mejora radical de la sociedad y
la persona.
Seguramente
más hombres y mujeres se parecen también en algo a los Marx: el individualismo
no parece tanto una elección para el ser humano de hoy como una exigencia de
estos tiempos. Tiempos de escepticismo sensato que nos han vacunado contra la
creencia de que las ideologías o los grandes discursos puedan cambiar la vida;
individualismo hedonista al que la presión de todo lo que nos rodea nos empuja.
No necesariamente malo, en absoluto, pero que en nosotros debería ser corregido
con una disponibilidad hacia el otro, la convicción de que también el otro
tiene derecho a lo mismo, y que, aunque no haya verdades eternas, si hay una
norma inquebrantable: todo ser humano es sagrado y vale tanto como yo.
Les propongo todo un programa doble para este verano: el amor
a la humanidad de Chaplin y la crítica cultural y el hedonismo (responsable) de
los Hermanos Marx.
Junio
2008
Publicado
en La
Rioja el 8 de julio de 2008