lunes, 30 de diciembre de 2013

Víctor Erice: la reeducación de la mirada



 Víctor Erice:

 la reeducación de la mirada



Nuestra forma de mirar y entender el mundo no es pura pasividad y recepción. No somos una masa de nervios y sensibilidad que se impresiona por lo que recibe de fuera y es moldeado por ello.            A lo largo de siglos de aprendizaje cultural y adiestramiento el hombre es activo al percibir, actúa como sujeto agente y no sólo paciente en la realidad que percibe, selecciona o abstrae en el mismo hecho de mirar.
   Pero las percepciones, las impresiones y la realidad se ajustan en nuestra mente en forma de un relato. Y también si no en la historia misma que constituye un relato, la mirada y la sensibilidad humana han sido educadas desde hace siglos en los ritmos apropiados para percibir y re-producir los relatos. Esto quizás sea más cierto aún en nuestra época en que la recepción de la realidad y la construcción de nuestro pensamiento está más influida que nunca por lo visual. Es como si se hubiera priorizado la visión como el órgano por excelencia y la imagen como la forma del relato por antonomasia. Incluso hoy ya no nos conformamos con escuchar la música que nos gusta, solamente, necesitamos también ver a los músicos tocando y así, cada vez más, los DVD desplazan a los discos en las estanterías de las tiendas.
   Pero además de la preeminencia de lo visual, nuestra época, la época del cine, ha ido formulando unos códigos de relato, unos ritmos internos de la narración y una estructura narrativa que se han impuesto casi como categorías dogmáticas a todos los espectadores del vasto mundo. Si durante algunas décadas y especialmente en el cine europeo fue posible la coexistencia de formas narrativas y de concepciones del relato y del ritmo distintas, hoy casi existe una única alternativa narrativa, la que por simplificar habría ido decantando la forma de narrar del cine norteamericano.
   Con independencia de la calidad del producto, desde la más banal película de efectos especiales hasta la consumada calidad artística de un Steven Spielberg, la estructura del relato que estamos dispuestos aceptar contempla infaliblemente un ritmo rápido de acontecimientos, a veces casi angustiante, unos personajes de los que debemos tener al menos algunas referencias de pasado que los constituya y una sucesión de hechos que conduzcan a un final comprensible. Esta estructura fílmica, seguramente exportable a otras manifestaciones artísticas como la novela, nos interesa ahora solamente desde el punto de vista del ritmo  y del tiempo: como decía un ritmo rápido, que no aburra a un espectador que vive una aceleración general de las cosas y una concepción del tiempo que para que funcione debe ser entendido como estrictamente lineal, es decir espacial.
   Otras propuestas cinematográficas  que rompan este esquema deberán ser necesariamente minoritarias. ¿Constituye de verdad el movimiento Dogma, de los Von Traier y compañía una alternativa radical y profunda al cine general que estamos analizando?  Para mí sólo parcialmente, pues aunque invierte los códigos narrativos, el punto de vista, etc. no estoy seguro que subvierta la concepción del tempo narrativo del cine imperante. ¿Entonces quién lo subvierte?, o mejor ¿quién intenta contar de otra forma? Varios autores: Hanecke, en parte Zhang Yi Mou,  Kiarostami y unos cuantos directores más; pero quien para mi ejemplifica, lo ha dicho él mismo, la necesidad de reeducar la mirada del espectador es Víctor Erice.

 




   Y es que el cine de Erice reflexiona sobre la naturaleza del tiempo: una de las convenciones existentes sobre el tiempo es que, nosotros, hoy, otorgamos el mismo valor a cada segundo y a cada hora o día del proceso de nuestra vida, igual que cada centímetro mide igual que otro centímetro; porque siendo la vida del hombre de duración finita cada segundo vale lo mismo que otro, en tanto que es tiempo que suma o resta tiempo a nuestra vida.
   Pero una concepción del tiempo más antigua culturalmente y que quizás está presente en la concepción cinematográfica de  estos autores, es que no todo tiempo vale lo mismo, sino que hay que privilegiar unos tiempos sobre otros, dicho forzando el lenguaje: algunos tiempos ‘duran’ (en el sentido de ‘valen’) más que otros, aunque el reloj les conceda idéntica jerarquía.
   Al revés que en el cine al uso, bueno y malo, que privilegia el tiempo de la acción, el cine de Erice privilegia el tiempo de la inacción. Igual que antaño las culturas privilegiaban unos tiempos sobre los demás, concediéndoles las categorías de festividades, o hacían de la inacción (como en el sábado de los judíos) algo esencialmente superior a la acción, tomando por tanto la forma de una carga simbólica especial (muchas veces coincidente con ciclos astronómicos), en Erice la privilegización simbólica de algunos instantes (como el del panal de abejas sobre el que se inclina Fernando Fernán Gómez, o, bajo el símbolo de la repetición, el encuentro de Ana Torrent y el monstruo de Frankenstein) rompe la lógica del cine-tiempo al uso.
   Una propuesta de lentitud, un absurdo giro de la lógica o un final sin final, sin explicación nos desorienta. Nos desazona Michel Hanecke porque, por ejemplo en Caché no nos desvela el origen de los videos amenazadores para Daniel Auteuil: un final sin final; nos desalienta el tiempo muerto de Angelopulos, el tiempo detenido de Erice, los interminables planos fijos en los que, como el que abre la película Caché, no pasa nada, pero a la vez está pasando la vida. ¿Cómo devolver -parecen querer decir estos directores- al espectador el placer de lo detenido, la belleza de la lentitud, las naturalezas muertas, el membrillo que no cambia, los interminables labrantíos castellanos de El Espíritu de la Colmena?, ¿cómo hacer que el espectador interiorice este tiempo narrativo como su propio tiempo interno, como el tiempo lógico de la vida y no la construcción artificial y apresurada que hemos hecho de la realidad? ¿Cómo evitar la adicción a una historia que se presente, se complique y se resuelva? ¿Cómo elevar lo general y lo perenne, el ciclo íntimo de la vida y de las cosas al modo de sentir placer de los hombres de hoy? ¿Cómo hacer que los contenidos no desvirtúen los continentes? ¿Cómo romper la estructura que hace real lo real? Este es el propósito de la reeducación de la mirada, la tarea seguramente imposible pero necesaria que Víctor Erice y otros han emprendido.


Febrero de 2006







Invitación a Paul Auster



Invitación a Paul Auster






“El hombre no tiene una sola y única vida, sino muchas enlazadas unas con otras, y ésa es la causa de su desgracia”

CHATEAUBRIEND,
(Citado al inicio de <El Libro de las ilusiones>)



Hay autores que siendo creadores de enorme calidad y talento tienen, además, la fortuna de gozar de un amplio público. Éste es el caso del escritor norteamericano Paul Auster (Nueva Jersey, 1947). El único propósito de estas líneas es animar, a quien no lo haya leído, a acercarse a sus páginas. Da igual el título que escoja, le enganchará fulminantemente.
   Cuando hablamos de ‘un amplio  público’ para Paul Auster debemos también matizar esto: no todo tipo de público. Ocurre algo parecido a otro artista norteamericano, el cineasta Woody Allen: un amplio público, sí, pero no todo tipo de público. Queremos decir con esto que Paul Auster es, en cierto modo, un autor que exige un público elitista. Sus protagonistas, el nivel de los diálogos que mantienen, lo poco convencional de las tramas, la presunción de un cierto conocimiento en los lectores de los contextos históricos y los temas no son, seamos francos, para todos los públicos.
   En general sus protagonistas suelen ser individuos cultivados: ex universitarios, escritores…Incluso cuando el protagonista es un bombero tampoco es convencional: devora filosofía y literatura por las noches (<La Música del Azar>).
   No voy a entrar –estoy lejos de ser un experto- en las cualidades estrictamente literarias de su prosa, aunque sí señalaré que sus frases tienen una suerte de precisión hipnótica, de escueta elegancia.
   Su talento para los arranques misteriosos y rotundos es absoluto; una línea basta para atrapar y subyugar al lector. Basten dos ejemplos:
-        ‘Fue el año en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero creía que no tenía futuro’  (<El Palacio de la Luna>)
-        ‘Durante un año no hizo otra cosa que conducir, viajar de acá para allá por los Estados Unidos mientras esperaba a que se le acabara el dinero’  (<La Música del Azar>).

   Es imposible soltarse de la narración cuando uno ha leído eso. Para que una historia funcione la narración ha de estar bien trabada, perfectamente engrasada y más en un autor que recurre frecuentemente a la narración dentro de la narración. Sin embargo, en Auster no es tanto lo que ocurre lo fascinante, como el modo en que los personajes viven lo que les ocurre. En realidad frente al río de acontecimientos externos discurre una corriente profunda, subterránea, aún más potente que la exterior. Si apuramos, en realidad todas las historias de Auster narran un ‘viaje’, o una odisea; son viajes de ida y vuelta del individuo hacia sí mismo, contra sí mismo, que pueden terminar en la asunción madura de la pluralidad que constituye cada ser o en la absoluta catástrofe individual (la muerte). Con razón se ha dicho que la narración austeriana tiene mucho que ver con la novela policíaca: sólo que el asunto investigado son los laberintos del alma y la in-estabilidad y multiplicidad constitutivas de eso que llamamos la personalidad.
   Y aquí quiero entrar en los temas que –creo- recorren su narrativa.
   Creo que la temática austeriana gira alrededor de un tema principal, la fragilidad de la identidad individual. O si se prefiere la pluralidad de identidades que recorren al ser humano, como Auster mismo explicita en la cita con la que iniciábamos este artículo, la cita de Chateaubriend que coloca al principio de El Libro de las ilusiones.
   Desde este tema principal se ramifican todos los demás, también muy importantes que recorren sus ficciones: la presencia continua y determinante del ‘azar’ en la vida humana, los diferentes conocimientos inherentes a cada forma de vida escogida o hallada por el sujeto; la relación, lindante con la magia, entre la vida y la literatura, la fragilidad estructural del individuo que a veces se resuelve en un fuerza y determinación compulsivas, etc., etc.
   Todo lo dicho no pretendo que sea más que un apunte personal de admiración hacia un escritor que no agota sus temas y cualidades.
   Más difícil me resulta descubrir el porqué de su éxito. Creo que, en parte, el interrogante se contesta afirmando que Paul Auster es un autor radicalmente contemporáneo. Quiero decir que sus frases nos están definiendo a cada momento; expresan los sentimientos y la confusión de los seres de hoy: <Comencé a temer sumergirme en mi propia confusión, en la profunda espesura del desorden que había crecido a mi alrededor> (‘Leviatán’, pág. 66). En la época de lo relativo también el ser humano se muestra no de una pieza, sino algo con muchas teclas. El azar, más que la voluntad decidirá las notas dominantes.
No sabría qué recomendar para empezar a leer a Auster a alguien que se vaya a acercar por primera vez. Pero puede hacerlo con <Ciudad de Cristal>, primera historia de su <Trilogía de Nueva York>
 (en Anagrama, Panorama de Narrativas), y ya me contará… 

  Verano-otoño de 2005

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La pietà




La pietà Rondanini

 


“Cuando hacia 1550, Miguel Ángel emprende otra vez uno de sus temas favoritos han pasado más de cuatro décadas desde que conmovió –y escandalizó- a los espectadores con la Pietà  de San Pedro del Vaticano. Entonces se le llegó a reprochar por parte de algunos puritanos, un exceso de belleza sensual en el cuerpo de Cristo., además de la célebre controversia originada por una madre –la Virgen- más joven, en apariencia, que el hijo. Miguel Ángel se defendió con vigor, pues en definitiva, aunque ya habitaba en Roma, no había sino trasladado al mármol los principios humanistas aprendidos en la Academia de Lorenzo el Magnífico en su Florencia natal. No obstante, transcurrido el tiempo y los desengaños, acrecentada la angustia religiosa, disminuida la fe en el poder del arte, el viejo Miguel Ángel se sumerge en su nueva pietà con un talante bien diferente al que mostró en su juventud, recién llegado a Roma. En sus últimos años, Miguel Ángel, reconocido y exaltado por todos, desconfía de la capacidad del artista para conseguir una auténtica liberación espiritual de la materia. Antes sí lo había creído; antes, como explica en sus sonetos, había pensado que la labor del escultor consistía en sacar capas a la piedra para que el espíritu diera a luz. La belleza ya existía en el interior del mármol. En consecuencia, el trabajo del escultor, duro y delicadísimo al mismo tiempo, era dar libertad a esas formas aprisionadas. El mármol era la carne, y el espíritu yacía en ella. El artista triunfaba si conseguía la armonía entre ambos, como el propio Miguel Ángel creía haber logrado en la Pietà vaticana.

     Ante La Pietà Rondanini todo se había modificado: el artista siempre fracasará en su ambición de emancipar una obra perfecta- Por eso era mejor el nonfinito, la obra inacabada, la figura atrapada en la piedra. Miguel Ángel lo demuestra en varias esculturas al final de sus días. En el San Mateo, en La Pietà Palestrina y en su gran obra maestra tardía, La Pietà Rondanini con la madre y el hijo fundidos en un trágico paso de danza expresionista”

Rafael Argullol, EL PAÍS BABELIA, 30.06.12




ROBERTO ROSSELLINI



1
Dos llamadas cristianas en Roberto Rossellini

1 de Enero, 2010




L
a llamada al comportamiento evangélico proviene de dos direcciones: es una llamada de lo alto (Europa 51); es una llamada desde lo bajo (los presos) o desde el mismo nivel (El General Della Rovere). De las dos maneras el ser se redime y es llamado al servicio en Roberto Rossellini: desde el imperativo moral tradicional, la llamada, el despertar, el mandato evangélico; aunque el resultado sea necedad para los gentiles y escándalo para los propios (cristianos).



     Más radical aún nuestra construcción –la de Vittorio de Sica- es obra de los hombres y no de los dioses, somos elevados por los propios hermanos, y desde el ámbito que con palabras antiguas llamábamos ‘pecado’ el hombre se redime para ser en su comportamiento el ser que esperan sus semejantes; el estafador de poca monta se re-construye en el héroe de la resistencia. No sólo somos construcción social, también podemos ser construcción fraterna. Todo hombre está a tiempo nos dice Roberto Rossellini.