Víctor Erice:
la reeducación de la mirada
Nuestra
forma de mirar y entender el mundo no es pura pasividad y recepción. No somos
una masa de nervios y sensibilidad que se impresiona por lo que recibe de fuera
y es moldeado por ello. A lo
largo de siglos de aprendizaje cultural y adiestramiento el hombre es activo al
percibir, actúa como sujeto agente y no sólo paciente en la realidad que percibe,
selecciona o abstrae en el mismo hecho de mirar.
Pero las percepciones, las impresiones y la
realidad se ajustan en nuestra mente en forma de un relato. Y también si no en
la historia misma que constituye un relato, la mirada y la sensibilidad humana
han sido educadas desde hace siglos en los ritmos apropiados para percibir y
re-producir los relatos. Esto quizás sea más cierto aún en nuestra época en que
la recepción de la realidad y la construcción de nuestro pensamiento está más influida que nunca por lo visual. Es como si
se hubiera priorizado la visión como el órgano por excelencia y la imagen como
la forma del relato por antonomasia.
Incluso hoy ya no nos conformamos con escuchar la música que nos gusta,
solamente, necesitamos también ver a los músicos tocando y así, cada vez más, los DVD desplazan a los discos en las estanterías de las tiendas.
Pero además de la preeminencia de lo visual,
nuestra época, la época del cine, ha ido formulando unos códigos de relato,
unos ritmos internos de la narración y una estructura narrativa que se han
impuesto casi como categorías dogmáticas a todos los espectadores del vasto
mundo. Si durante algunas décadas y especialmente en el cine europeo fue
posible la coexistencia de formas narrativas y de concepciones del relato y del
ritmo distintas, hoy casi existe una única alternativa narrativa, la que por
simplificar habría ido decantando la forma
de narrar del cine norteamericano.
Con independencia de la calidad del
producto, desde la más banal película de efectos especiales hasta la consumada
calidad artística de un Steven Spielberg, la estructura del relato que estamos
dispuestos aceptar contempla infaliblemente un ritmo rápido de acontecimientos,
a veces casi angustiante, unos personajes de los que debemos tener al menos
algunas referencias de pasado que los constituya y una sucesión de hechos que
conduzcan a un final comprensible. Esta estructura fílmica, seguramente
exportable a otras manifestaciones artísticas como la novela, nos interesa
ahora solamente desde el punto de vista del ritmo y del tiempo: como decía un ritmo rápido, que
no aburra a un espectador que vive una aceleración general de las cosas y una
concepción del tiempo que para que funcione debe ser entendido como
estrictamente lineal, es decir espacial.
Otras propuestas cinematográficas que rompan este esquema deberán ser
necesariamente minoritarias. ¿Constituye de verdad el movimiento Dogma, de los Von Traier y compañía una
alternativa radical y profunda al cine general que estamos analizando? Para mí sólo parcialmente, pues aunque
invierte los códigos narrativos, el punto de vista, etc. no estoy seguro que
subvierta la concepción del tempo narrativo del cine imperante. ¿Entonces quién
lo subvierte?, o mejor ¿quién intenta contar
de otra forma? Varios autores: Hanecke, en parte Zhang Yi Mou, Kiarostami y unos cuantos directores más;
pero quien para mi ejemplifica, lo ha dicho él mismo, la necesidad de reeducar
la mirada del espectador es Víctor Erice.
Y es que el cine de Erice reflexiona sobre
la naturaleza del tiempo: una de las convenciones existentes sobre el tiempo es
que, nosotros, hoy, otorgamos el mismo valor a cada segundo y a cada hora o día
del proceso de nuestra vida, igual que cada centímetro mide igual que otro
centímetro; porque siendo la vida del hombre de duración finita cada segundo
vale lo mismo que otro, en tanto que es tiempo que suma o resta tiempo a
nuestra vida.
Pero una concepción del tiempo más antigua
culturalmente y que quizás está presente en la concepción cinematográfica
de estos autores, es que no todo tiempo
vale lo mismo, sino que hay que privilegiar unos tiempos sobre otros, dicho
forzando el lenguaje: algunos tiempos ‘duran’ (en el sentido de ‘valen’) más
que otros, aunque el reloj les conceda idéntica jerarquía.
Al revés que en el cine al uso, bueno y
malo, que privilegia el tiempo de la acción, el cine de Erice privilegia el
tiempo de la inacción. Igual que antaño las culturas privilegiaban unos tiempos
sobre los demás, concediéndoles las categorías de festividades, o hacían de la
inacción (como en el sábado de los judíos) algo esencialmente superior a la
acción, tomando por tanto la forma de una carga simbólica especial (muchas
veces coincidente con ciclos astronómicos), en Erice la privilegización
simbólica de algunos instantes (como el del panal de abejas sobre el que se
inclina Fernando Fernán Gómez, o, bajo el símbolo de la repetición, el
encuentro de Ana Torrent y el monstruo de Frankenstein) rompe la lógica del
cine-tiempo al uso.
Una propuesta de lentitud, un absurdo giro
de la lógica o un final sin final, sin explicación nos desorienta. Nos desazona
Michel Hanecke porque, por ejemplo en Caché
no nos desvela el origen de los videos amenazadores para Daniel Auteuil: un
final sin final; nos desalienta el tiempo muerto de Angelopulos, el tiempo
detenido de Erice, los interminables planos fijos en los que, como el que abre
la película Caché, no pasa nada, pero
a la vez está pasando la vida. ¿Cómo devolver -parecen querer decir estos
directores- al espectador el placer de lo detenido, la belleza de la lentitud,
las naturalezas muertas, el membrillo que no cambia, los interminables
labrantíos castellanos de El Espíritu de la Colmena?, ¿cómo hacer
que el espectador interiorice este tiempo narrativo como su propio tiempo
interno, como el tiempo lógico de la vida y no la construcción artificial y
apresurada que hemos hecho de la realidad? ¿Cómo evitar la adicción a una
historia que se presente, se complique y se resuelva? ¿Cómo elevar lo general y
lo perenne, el ciclo íntimo de la vida y de las cosas al modo de sentir placer
de los hombres de hoy? ¿Cómo hacer que los contenidos no desvirtúen los
continentes? ¿Cómo romper la estructura que hace real lo real? Este es el
propósito de la reeducación de la mirada, la tarea seguramente imposible pero
necesaria que Víctor Erice y otros han emprendido.
Febrero
de 2006




