jueves, 29 de septiembre de 2016

Simios, humanos

“Esa desolación que expresan los ojos del gorila: un mamífero fúnebre. Yo desciendo de esa mirada”.
(Cioran)


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A finales del mes de abril el diputado ‘verde’ Francisco Garrido,  integrado en el Grupo Parlamentario Socialista del Congreso, presentó una proposición no de ley para acabar con la ‘esclavitud’, el maltrato, la experimentación o  exhibición con fines lucrativos de los grandes simios (chimpancés, gorilas, orangutanes, bonobos), proposición que se enmarca dentro del movimiento internacional Proyecto Gran Simio en España.
( www.proyectogransimio.org)
Cualquiera que sea nuestra opinión sobre la evolución humana, ninguna postura puede negar la íntima proximidad entre los grandes simios y nosotros. Un día bajamos de los árboles, empezamos a erguirnos, a liberar las manos, aumentamos nuestra capacidad cerebral y creamos un lenguaje complejo y todo un mundo simbólico y representativo; así  dijimos  adiós a gorilas, orangutanes y chimpancés. Sin embargo, su proximidad con el hombre, su humana mirada, el silencio con que parecen reprocharnos nuestro comportamiento mientras los empujamos a la extinción, al divertimento de turistas o a los laboratorios, levanta contra nosotros un dedo acusador: ¿qué estas haciendo con la tierra, qué con la diversidad, qué con nosotros, con los que tienes tanto en común?
Es imposible observar a los grandes primates en su sociabilidad o las formas de relación afectiva de la madre con la cría sin reconocernos allí. Pero nuestro parentesco no es una mancha de origen, sino un orgulloso pasado común en la inmanencia. No es que formen una sociedad perfecta, sin conflictos, sin dominadores, sin rivalidad; a veces nos recuerdan nuestras propias comunidades, pero sin sofisticación. No sólo el ADN que compartimos, existen muchas pautas  sociales, muchas adquisiciones culturales en común  entre hombre y simios (transmisión a los hijos, recuerdos temporales, autoconciencia,  sentido del humor o del tiempo, etc.), como vienen diciendo los etólogos.
Respetarles es respetarnos a nosotros mismos. Si creemos en la teoría de la evolución, la única científicamente demostrada, como si permanecemos en un estricto creacionismo, el animal debe ser un ser a respetar. Todos debemos estar de acuerdo en eso: el respeto a los primates superiores es un respeto a quien los puso en el mundo,  o a la fecunda capacidad plástica de la vida. A pesar de las estupideces sin número que los graciosos llevan semanas soltando, especialmente en los medios ultraderechistas que copan determinadas emisoras y periódicos, su defensa no es incompatible con ninguna otra causa: sea la de los embriones y células madre para unos o la  injusticia y falta de medicinas o alimentos para otros. Algún eclesiástico ha censurado esta iniciativa como ‘progresismo ridículo’, olvidando el respeto y amor de San Francisco por la naturaleza o el cariño de Jesús hacia las criaturas vivas, a quienes el padre celestial alimenta.
            Durante siglos el simio fue un elemento fundamental de la iconografía del arte occidental; acechando o encadenado detrás de reyes, príncipes o mendigos simbolizaba los vicios, la falta de razón, los apetitos, frente al orden (provisional) que imponía la inteligencia humana o la luz divina; pero lejos de ser cierto habría que invertir la imagen: los grandes monos no han hecho nada malo al hombre, pero han sido diezmados, sacrificados, experimentados, exhibidos… ¿Quién debe, pues,  algo a quién? ¿Por qué no reconocerles derechos que eviten su sufrimiento o su aniquilación? Devolverles jurídicamente en protección algo de la belleza que ellos han aportado a la vida. Ése es el sentido de la proposición del PSOE y del diputado Garrido.





[Publicado en La Rioja, el 10/05/06]

Camus y el cristianismo



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21/11/2006

Para J. J.  Omella


‘Sólo la noción del dios personal, creador, y por lo tanto, responsable de todas las cosas, da su sentido a la protesta humana. Se puede decir así, y sin paradoja, que la historia de la rebelión es, en el mundo occidental, inseparable de la del cristianismo’
O.C, vol III, pág. 49

‘Cristo ha venido a resolver dos problemas principales, el mal y la muerte, que son precisamente los problemas de los rebeldes’
ídem, pág 54

‘Tengo la impresión de que la fe es menos una paz que una esperanza trágica’

‘Una obra de hombre no es otra cosa que una larga marcha para volver a encontrar, por los meandros del arte, las dos o tres simples y grandes imágenes a las que se abrió el corazón por primera vez.



Con Dios o contra Dios, de los dos modos ha podido entenderse la historia de la rebelión humana. Si viene Dios a hablar de justicia a los hombres, de Reino aquí y ahora (No ha de pasar esta generación sin que veáis…), si se pone del lado de los oprimidos y denuesta a los poderosos, cómo no entender que la protesta se articule durante siglos en nombre de la verdadera Justicia, del Cristianismo. Cátaros, anabaptistas, niveladores…Hasta que los rebeldes se rebelaron contra Dios las revoluciones fueron impulsadas invocando su nombre. Hacer las revoluciones contra Dios es cosa demasiado reciente; toda revolución moderna parece expresar un cabreo contra el cristianismo, una especie de malestar porque Dios, que se había expresado tan claramente por los oprimidos y por la justicia, se había instalado cómodamente en el mundo, sin que hubieran desparecido ni oprimidos ni injusticias. Un rencor contra el cristianismo en labios de los rebeldes modernos significa: vosotros –cristianos- sois los que más motivos tenéis para estar entre nosotros y no enfrente de nosotros.

…………………………
24/11/2006 

En los evangelios, lo señalan muchos autores, pero muy claramente Arendt las tendencias antipolíticos y antiinstitucionales del mensaje cristiano son evidentes; traducido al lenguaje camusiano hay mucha ‘rebeldía’ en el seno del primer cristianismo. Una potencia rebelde que a pesar del establecimiento de la iglesia como institución dominante y de poder, no ha dejado de explotar en una o en otra época histórica. ¿Hay alguna revolución, hasta bien entrada la edad  moderna, que no apele a argumentos religiosos, y sobre todo a la fraternidad y el desprecio de los ricos y poderosos del evangelio para legitimarse? Sólo en las condiciones de la secularización el lenguaje de la rebeldía pierde su vocabulario religioso básico. ¿Pero deja por eso de penetrar y alimentar el fondo de todas las ideologías igualitarias contemporáneas? ¿No hay en el anarquismo y el socialismo contemporáneo una fuerte carga de cristianismo moral que ya no necesita apelar a Dios, pero que no ha renunciado al concepto de Reino? ¿No nos darían Camus, y Nietzsche, la razón en este punto?
La rebelión muy bien pudo volverse ahora contra Dios y tener por enemigos a sus representantes en la tierra, pero según Camus ha seguido utilizando la misma pólvora moral que el cristianismo inicial utilizó contra Roma o las clases sacerdotales de Judea.
En cualquier caso el cristianismo parece condenado de por vida a la radical ambivalencia de sus dos almas, la conservadora, eclesial, en el fondo romana y la rebelde e irreductible, en el fondo evangélica, judía, profética.


Constitución europea y cristianismo


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Creo que la nueva Constitución europea, próxima a aprobarse, sí debe hacer referencia a los orígenes cristianos de Europa. Espero que mis compañeros de izquierda me perdonen esta heterodoxia; incluso creo que algunos compartirán mi idea.
Reconozco lo minoritario de mi posición e incluso la posibilidad de estar equivocado, pero uno no puede renunciar a pensar por sí mismo.
Ahora bien, ¿qué dos posturas tienen a buen seguro muchos más partidarios que este solitario tribuno?           

Los unos

            Sin duda una parte sustantiva de los creyentes de toda Europa (católicos, protestantes, etc.) afirmarán que sin el cristianismo no es posible la idea-unidad de Europa. Cierto. Una parte sensible de estas personas y, desde luego, en nuestro ámbito católico, la inmensa mayoría de los religiosos, sus jerarquías y el Vaticano, creerán que el hacer explícita en la Constitución la palabra ‘cristianismo’restituye a Europa a su verdadera naturaleza de ‘nación’ cristiana. Una parte de estos sectores  cree lo siguiente: la Europa contemporánea, la que arranca intelectualmente con Kant, Voltaire y Rousseau, y empieza a plasmarse institucionalmente a través de las revoluciones políticas (1789-1848), ha adoptado, tímidamente primero, escandalosamente en la actualidad, valores que son en buena medida <anticristianos>: relativismo de la verdad, igualdad ante la ley de todas las confesiones, legislaciones permisivas con la contracepción, el divorcio, cultura puramente hedonista y desespiritualizada, etc., etc. Expresiones que son frecuentes en ellos como: ‘destrucción de la familia’, ‘relativismo moral’, ‘sociedad sin valores’, las escuchamos todos y a todas horas. Para tales sectores el estado laico y la sociedad actual se configuran en buena medida contra los mandamientos bíblicos. El hecho de mencionar explícitamente al cristianismo  en la Constitución europea es una restitución del verdadero sentido y la verdadera dirección que un día tomaron y nunca deberían haber abandonado las naciones cristianas de Europa.


Los otros

          Aún a  costa de simplificar mucho –que nos perdonen- la pluralidad de una buena parte del pensamiento de la izquierda europea, un sector quizá mayoritario de ella utilizará la argumentación de los partidarios del ‘sí’ dándole la vuelta, es decir, invirtiendo el valor de cada uno de los polos de esta (falsa) dicotomía: laicidad moderna – cristianismo.
            Para buena parte del mundo progresista la democracia moderna, el Estado de Derecho y  las libertades actuales son fruto de una ardua lucha, que ha costado sangre, sudor y lágrimas, por instaurar un orden secular y pluralista frente a la tiranía de las concepciones religiosas, en nuestro ámbito la cristiana, que imponía incluso a la Ciencia y a la Filosofía una visión del mundo dogmática e irracional. La Iglesia habría sido culpable durante siglos de retrasar la emancipación de la Política, la autonomía del estado, el despertar de la Ciencia y la libertad de pensamiento. Pero, además de la Iglesia, el mismo mensaje cristiano, con su devaluación de la vida terrena, la insistencia en el más allá, la predicación de la mansedumbre, etc., habría retardado la llegada de la edad de la razón, que a duras penas empezó a abrirse paso en el siglo XVIII.
            Esta tesis al defender que el estado laico es la garantía de la libertad para todos, incluso para los creyentes, que los valores de la secularización son los que han constituido la Europa del presente y constituirán la del futuro (una Europa de la integración de etnias y convivencia de religiones será inevitable), entiende que las referencias explícitas a la religión son un paso atrás; que incluso la mención del cristianismo tiene algo de violencia lingüística con otras confesiones y no es lo mejor para construir una Europa de los ciudadanos, independientemente de cuál sea su credo religioso  -si lo tiene- particular.
            Ante esta perspectiva, donde dos grupos diferenciados, partidario del ‘si’ y del ‘no’ con argumentos sólidos y respetables, no acaban de convencernos, ¿qué hacer? ¿Queda una tercera vía? Intentémoslo.
            Nuestro ‘sí’ a que aparezca la palabra <cristianismo> procede de una ‘tesis’ que no nos hemos inventado nosotros (nuestro pensamiento no es tan profundo) pero lo hemos escuchado a pensadores importantes, y hemos visto que coincidía con nuestras intuiciones. Nuestra tesis dice así: La <modernidad> es una deriva, entre otras posibles, no una ruptura, de la herencia judeocristiana. Dicho de otro modo, “occidente es cristianismo secularizado”; dicho de otro modo: la ‘secularización’ que ha construido la Europa actual no es abandono y distanciamiento radical del cristianismo.
            Europa y occidente, la modernidad,  son en buena parte racionalidad científica, tecnológica y económica. ¿Por qué –se preguntaba Max Weber- tal ‘racionalidad’ no se ha producido en ningún otro ámbito cultural del planeta? Porque sólo Europa es hija de la tradición judeo-cristiana. Yendo más allá: sólo el monoteísmo permite ‘pensar’ la naturaleza en términos de <unidad>, y sólo bajo una premisa monoteísta ha sido posible la conquista tecnológica de la naturaleza. Pero  -se dirá- también el Islam  es una civilización monoteísta, también el Islam ha conocido, e incluso ha traído a Europa en siglos oscuros, la ciencia aristotélica. ¿Por qué en el Islam no se ha dado el salto inicial a la racionalidad científica que se dio en occidente? Buena pregunta, a la que quizá haya que responder, provisionalmente, también con la idea weberiana de que la ética cristiana (protestante en este caso) ha producido las condiciones psico-sociológicas   que han hecho posible el triunfo del capitalismo, el ahorro, el éxito económico re-interpretados como señal de aceptación/ predilección divina.
            Independientemente de estos argumentos a los que otros serios se podrán oponer, algunos tenemos la convicción íntima de que el cristianismo ha sido la única religión capaz de concebir la encarnación de Dios en el hombre, que, con este gesto ha ‘divinizado’ la naturaleza humana (otros le llaman redención del pecado original) y ha vuelto sagrada la existencia terrena del hombre, el sufrimiento y el placer, el amor y la esperanza (<<El reino de los cielos está dentro de vosotros>>).
            No hay ruptura entre el cristianismo y la modernidad. Del seno de sus elegidos Jesús escogió uno para que fuera el proto-padre del saber científico, el modesto Tomás, que quiso certificar con su dedo que aquél, el resucitado, era el cristo. Aquel gesto, aquel dedo decidido que se introduce en el costado con la decisión del bisturí (en el famoso cuadro de Caravaggio) dispuesto a saber, a certificar, fundó sin saberlo la experimentación y la comprobación. También la Ciencia es hija de la ansiedad del cristiano por desentrañar los misterios de este mundo.
            Europa, nuestra Europa, le debe mucho a Grecia y a Roma, que fecundamente con el cristianismo, lenta, arduamente, gracias también a muchos hombres de Iglesia (empezando por  Tomás de Aquino), y muchas veces con la rémora de  una Iglesia que no había alcanzado aún la ‘edad del espíritu’, trabajosamente avanzó hacia la modernidad y la secularización, configurando un espacio libre pero todavía incompleto e imperfecto, falto todavía de  amor y solidaridad. Afirmar en un texto extraordinario, como va a ser la futura Constitución europea que también Europa es fruto fecundo del Cristianismo es para nosotros una verdad evidente, incrustada en el mismo corazón de la Historia.
  
   
[Publicado en La Rioja, 25 de mayo de 2004 ]

                                          

viernes, 16 de septiembre de 2016

MUERTE DE DIOS Y KENOSIS

MUERTE DE DIOS Y KENOSIS


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La lectura de Vattimo de la significación e importancia de la idea nietzscheana de la <<muerte de Dios>> es desde luego singularmente atractiva, pero tampoco está exenta de peligros si la utilizamos con optimismo desbordado y un poco irreflexivo sobre las posibilidades que abre a una renovación del cristianismo.

Si no nos equivocamos la muerte de Dios en Vatttimo significa ‘sólo’ la muerte del viejo Dios de la metafísica, un Dios denso, moralizante, escatológico, tal y como la tradición eclesial lo ha presentado en sus rasgos dominantes.

Ello al margen de muchas otras cuestiones significa:
-        La posibilidad de re-vivir una nueva forma de entender el cristianismo. La fundamentación del mismo ya no puede ser un principio dogmático sino sólo un “fundamento”: la  caritas, el amor fraterno.
-        La posibilidad de que la vivencia  de la religión sea más “auténtica” que en las épocas de imposición dogmática de la misma.
-        El realismo de aceptar, como ha hecho cierta teología que –nos guste o no –la inmensa mayoría de los seres de este mundo viven absolutamente al margen de la existencia de Dios. Piensen en ello o no la existencia actual discurre etsi deum non daretur.


Las dificultades son también muy importantes y deben ser reflexionadas:
-        Ya no tenemos entre las manos exactamente una religión sino un compromiso, un mandato evangélico, una praxis.
-        La iglesia institucional sigue existiendo después de la muerte de Dios y la sola caritas no la convence; ni un a ontología débil la puede hacer pensar que no hay un principio suprarracional y suprahumano que es la fuente de toda moral.
-        El entusiasmo teológico por la muerte de Dios puede tener referentes de optimismo como los citados, pero no puede pensar que ése es el propósito nietzscheano.











jueves, 1 de septiembre de 2016

ALBERT CAMUS Y EL DESTINO DE SÍSIFO.






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Hace exactamente 50 años, el 4 de enero de 1960, fallecía en un accidente de tráfico, en plena madurez vital y creativa, el escritor Albert Camus. Una muerte inesperada, absurda, precisamente para quien tanto había escrito y reflexionado sobre el absurdo de la existencia humana, a la que había comparado con el destino de Sísifo, condenado por los dioses a subir eternamente una roca a la cima de una montaña para, después, verla rodar hacia el llano y tener que recomenzar el eterno e inútil trabajo.
Murió Albert Camus –que había recibido el premio Nobel de Literatura en 1957- sin conocer el destino final de su tierra argelina. Había sido un hombre del Sur, un ser Mediterráneo, con sangre española, que llevaría siempre el sol implacable de su infancia a sus escritos luminosos y esclarecedores; el mismo sol que ciega al abúlico Mersault en una playa, bajo el sofocante verano argelino, y le lleva a cometer un crimen absurdo, como cuenta El Extranjero, una de sus novelas más famosas.
Escritor de obras inmortales de teatro: Calígula, Los Justos…; relatos y novelas, como La Peste o El extranjero y de una obra ensayística de enorme interés: El Hombre Rebelde (repaso a dos siglos de nihilismo europeo) o la mencionada El Mito de Sísifo, además de un sinnúmero de artículos y colaboraciones periodísticas, fue singularmente una humanista sin adjetivos, comprometido con la defensa del Hombre y de la Justicia en el mundo. Ello le llevó  simpatizar con la II República, con los hombres de la izquierda española en el exilio, especialmente con los anarcosindicalistas; a denunciar sin titubeos los totalitarismos de su tiempo, el nazismo desde luego, pero también el estalinismo y el experimento soviético, en nombre de la libertad y dignidad humanas. Ello lo estigmatizó con la incomprensión y  la crítica feroz de buena parte de la gauche divine francesa y europea, que durante muchos años cerró los ojos a los gulags y a los crímenes cometidos en nombre del progreso o de la igualdad.
Próximo  a la sensibilidad de un Cristo y de un Nietzsche a partes iguales, no desmayó en la defensa del ser humano y fue crítico con la fascinación que tanto la izquierda como la derecha sentían por el imparable progreso técnico. Su sensibilidad hacia la causa del hombre lo posiciona –a nuestro juicio- cerca de un cristianismo terreno, ético, individualista  y a-institucional. Mientras todos los intelectuales que le criticaron ferozmente han perdido el favor de quienes luchan en tantos ámbitos por la justicia humana, Camus no ha dejado de crecer como referente ético de las nuevas generaciones de jóvenes comprometidos; sus predicciones han resultado ciertas, y -a pesar del absurdo que como tantos existencialistas de aquella generación situó en el epicentro de la vida humana- su carácter rebelde, incluso contra tal condición filosófica , lo empuja a encontrar sentido en hacer el bien al prójimo, no en anunciarle plagas y castigos, como el Dr. Rieux en La Peste (“Todavía hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio”) y a afirmar cosas tan hermosas como ésta:

   Sísifo enseña la suprema fidelidad que niega a los dioses y levanta las rocas. Este universo, que se ha quedado sin dueño, no se le antoja estéril ni fútil. Cada grano de esta piedra, cada fulgor mineral de esta montaña llena  de noche, constituye en sí mismo un mundo. La propia lucha por alcanzar las cimas basta para llenar el corazón de un  hombre. Es preciso imaginar a Sísifo feliz.





30, Diciembre, 2009

Publicado en La Rioja el 4 de Enero de 2010