sábado, 29 de diciembre de 2012

Debatir con la increencia







L
a reciente  y merecidísima concesión al eminente teólogo castellano Olegario González de Cardedal del premio ‘Ratzinger’ (Una especie de <<Nobel>> de la Teología), que le fue entregado hace escasos días por el propio Pontífice en Roma, nos hace recordar con agradecimiento, a aquellos que militamos en la izquierda política y a la vez en el cristianismo transformador, la extraordinaria labor intelectual de varias generaciones  de eminentes teólogos, católicos y protestantes, que llevan desde la segunda mitad del siglo XX pensando con la Modernidad, debatiendo con la in-creencia, dejando a un lado las condenas y tratando de aprender y a la vez enseñar algo a los hombres que, viviendo sin Dios, son enormemente honestos y moralmente impecables. Nos referimos a pensadores cristianos como el propio González de Cardedal, González Faus o J. M. Castillo, por poner ejemplos españoles y a Lubac, Balthasar o Pannenberg, por citar algunos extranjeros.

     Lo que fundamentalmente hay que valorar en estos pensadores cristianos es que sus juicios sobre los acérrimos <enemigos> de la religión sean ponderados y reconozcan en aquéllos (desde Feuerbach a Nietzsche, desde Sartre a La Escuela de Frankfurt, por ejemplo), nobleza de planteamientos y un fondo de humanismo, de preocupación verdadera por el destino del hombre y su mejora. Siempre hemos defendido que el catolicismo inteligente tiene que mirar de frente a los pensadores honestos que lo atacan, comprenderlos, atreverse a valorar aquello en lo que aquellos descubren errores, insuficiencias o traiciones en el seno de la religión propia. Ciertamente el cristianismo durante el siglo XX ha fluctuado entre recogerse sobre sí mismo y envolverse en la tupida capa de la tradición, condenando lo exterior (como hoy parece evidenciarse) o mirar de frente el discurso anticristiano y pelearse noblemente con él, como en los años 60. Porque, después de todo, la pregunta no es  por qué hay cabezas tan profundas y formadas que son anticristianas, sino ¿por qué hay tantos millones de seres humanos a los que Dios, o la Religión no producen frío ni calor, apenas dedican segundos en sus vidas a pensar tales asuntos y viven y mueren como si estas cuestiones fueran mínimas o fueran nada? La Iglesia puede mirar hacia fuera y buscar culpables: el relativismo, los devastadores jabalíes… pero de ello sacará poco fruto. Puede condenar la incredulidad  o perversión moral del hombre concreto, pero así ayudará poco al hombre concreto. Tal vez sería más prudente por su parte interrogarse a sí misma: ¿por qué hay millones de hombres y mujeres que –educados muchos de ellos en los valores cristianos en su infancia- manifiestan no tanto hostilidad (en la hostilidad aún hay reconocimiento del enemigo) sino algo peor: completa indiferencia; completa indiferencia hacia Dios, hacia su Hijo, hacia los fundamentos antropológicos humanos, hacia la gracia o hacia el amor..  ¿Qué hemos hecho mal como creyentes, qué poca firmeza, fuerza o alegría transmiten nuestras creencias para que nuestro ejemplo valga tan poco? Como Zaratustra cuando decía lo poco salvados que parecen los salvados.

Hemos de reflexionar sobre los fundamentos de nuestra fe misma. ¿Se basa en la convicción, en la reflexión pausada sobre nuestros textos evangélicos? ¿Hemos incorporado la vocación de servicio a los demás como paradigma de nuestra actuación social o vivimos un cristianismo deshuesado, blando, puramente costumbrista?
 Reflexionemos sobre estas dos citas de Henri de Lubac, escritas nada menos que en 1942 (¡eso sí que eran tiempos duros!) y que siguen interpelando a los cristianos hoy con tanta fuerza como hace 70 años, cuando las redactó este extraordinario jesuita francés:

<<Tal como lo practicamos nosotros, tal como lo pensamos ahora, es una religión débil, ineficaz; religión de ceremonias y de devociones, de ornamento y de consolación vulgar, sin profundidad seria, que no hace mella en la realidad de la actividad humana, y a veces hasta falta de sinceridad. Religión al margen de la vida, que incluso nos arroja fuera de ella. He aquí a lo que ha venido a parar en nuestras manos el Evangelio>>


<<Muchos de entre nosotros ¿acaso no hacen profesión de catolicismo por las mismas razones de confort íntimo y de conformismo social que les harían rechazar, hace veinte siglos, la inquietante novedad de la Buena Nueva?>>




Publicado en La Rioja, 9 de julio de 2011

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