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reciente y merecidísima concesión al
eminente teólogo castellano Olegario González de Cardedal del premio
‘Ratzinger’ (Una especie de <<Nobel>> de la Teología), que le fue
entregado hace escasos días por el propio Pontífice en Roma, nos hace recordar
con agradecimiento, a aquellos que militamos en la izquierda política y a la
vez en el cristianismo transformador, la extraordinaria labor intelectual de
varias generaciones de eminentes
teólogos, católicos y protestantes, que llevan desde la segunda mitad del siglo
XX pensando con la Modernidad, debatiendo
con la in-creencia, dejando a un lado las condenas y tratando de aprender y a
la vez enseñar algo a los hombres que, viviendo sin Dios, son enormemente honestos y moralmente impecables. Nos
referimos a pensadores cristianos como el propio González de Cardedal, González
Faus o J. M. Castillo, por poner ejemplos españoles y a Lubac, Balthasar o
Pannenberg, por citar algunos extranjeros.
Lo que fundamentalmente hay que valorar en
estos pensadores cristianos es que sus juicios sobre los acérrimos <enemigos>
de la religión sean ponderados y reconozcan en aquéllos (desde Feuerbach a
Nietzsche, desde Sartre a La Escuela de Frankfurt, por ejemplo), nobleza de
planteamientos y un fondo de humanismo, de preocupación verdadera por el
destino del hombre y su mejora. Siempre hemos defendido que el catolicismo
inteligente tiene que mirar de frente a los pensadores honestos que lo atacan,
comprenderlos, atreverse a valorar aquello en lo que aquellos descubren
errores, insuficiencias o traiciones en
el seno de la religión propia. Ciertamente el cristianismo durante el siglo XX
ha fluctuado entre recogerse sobre sí mismo y envolverse en la tupida capa de
la tradición, condenando lo exterior (como hoy parece evidenciarse) o mirar de
frente el discurso anticristiano y
pelearse noblemente con él, como en los años 60. Porque, después de todo, la
pregunta no es por qué hay cabezas tan
profundas y formadas que son anticristianas, sino ¿por qué hay tantos millones
de seres humanos a los que Dios, o la Religión no producen frío ni calor,
apenas dedican segundos en sus vidas a pensar tales asuntos y viven y mueren
como si estas cuestiones fueran mínimas o fueran nada? La Iglesia puede mirar
hacia fuera y buscar culpables: el relativismo, los devastadores jabalíes… pero
de ello sacará poco fruto. Puede condenar la incredulidad o perversión moral del hombre concreto, pero
así ayudará poco al hombre concreto. Tal vez sería más prudente por su parte
interrogarse a sí misma: ¿por qué hay millones de hombres y mujeres que –educados
muchos de ellos en los valores cristianos en su infancia- manifiestan no tanto
hostilidad (en la hostilidad aún hay reconocimiento
del enemigo) sino algo peor: completa indiferencia; completa indiferencia hacia
Dios, hacia su Hijo, hacia los fundamentos antropológicos humanos, hacia la
gracia o hacia el amor.. ¿Qué hemos
hecho mal como creyentes, qué poca firmeza, fuerza o alegría transmiten
nuestras creencias para que nuestro ejemplo valga tan poco? Como Zaratustra
cuando decía lo poco salvados que parecen
los salvados.
Hemos de
reflexionar sobre los fundamentos de nuestra fe misma. ¿Se basa en la
convicción, en la reflexión pausada sobre nuestros textos evangélicos? ¿Hemos
incorporado la vocación de servicio a los demás como paradigma de nuestra actuación
social o vivimos un cristianismo deshuesado, blando, puramente costumbrista?
Reflexionemos sobre estas dos citas de Henri
de Lubac, escritas nada menos que en 1942 (¡eso sí que eran tiempos duros!) y
que siguen interpelando a los cristianos hoy con tanta fuerza como hace 70
años, cuando las redactó este extraordinario jesuita francés:
<<Tal como
lo practicamos nosotros, tal como lo pensamos ahora, es una religión débil, ineficaz;
religión de ceremonias y de devociones, de ornamento y de consolación vulgar,
sin profundidad seria, que no hace mella en la realidad de la actividad humana,
y a veces hasta falta de sinceridad. Religión al margen de la vida, que incluso
nos arroja fuera de ella. He aquí a lo que ha venido a parar en nuestras manos
el Evangelio>>
<<Muchos de
entre nosotros ¿acaso no hacen profesión de catolicismo por las mismas razones
de confort íntimo y de conformismo social que les harían rechazar, hace veinte
siglos, la inquietante novedad de la Buena Nueva?>>
Publicado en La Rioja, 9 de julio de 2011

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