miércoles, 25 de diciembre de 2013

LA MUERTE DE LA CIENCIA-FICCIÓN (2008)



La muerte de la Ciencia-Ficción

Abril de 2008




El planeta Tierra es azul,
Y yo no puedo hacer nada’

(Space Odity, 1969)
David Bowie



El estreno de la Guerra de las Galaxias, 1977, puede tomarse como la fecha de defunción de la ciencia ficción en el sentido clásico del término.
Una forma de concebir la ciencia-ficción, a la que podríamos llamar sin sarcasmo ciencia-ficción metafísica, fue clausurada simbólicamente cuando Lucas estrenó La Guerra de las Galaxias, primero y El Imperio Contrataca, después. Soy un gran entusiasta de las dos películas, pero el giro que imprimen a la reflexión sobre el espacio marca un antes y un después.
         La ciencia ficción es un género antiguo, rastreable incluso en el siglo XIX, más presente en el XX (H. G. Wells), incluso tocado por el gran Lovecraft en aquel cuento maravilloso llamado ‘Los muros de Eryx’; sin embargo son las décadas de los años 50, pero sobre todo 60 y parte de los 70, donde cuaja una concepción de la ciencia ficción que no sobrevivirá al film de Lucas.
En esos años los escritores, los cineastas, los músicos incluso, estaban verdaderamente colgados por el tema del <espacio> y sus posibilidades. La música, por ejemplo: existía todo un rock cósmico, sobre todo en Alemania (Klaus Schulze, Tangerine Dream, etc.), fueron multitud los artistas de primera línea que creaban obras con estos motivos: Pink Floyd (Astronomine Domine, Interstellar Overdrive, Seth te Controls.., A saucerful of Secrets, etc.); David Bowie (Space Odity, Life on Mars, Ziggy Stardust). En el Jazz: John Coltrane (Stelars Regions, etc., etc.). Esa misma preocupación de escritores como Lem, Clarke, etc., es traspasada al cine, siendo Kubrick (2001a Space Odity) el ejemplo más paradigmático, pero no el único: Tarkovski (Solaris), Wise (Andrómeda), etc.
¿Qué encontramos en esa ciencia ficción metafísica? Una reflexión sobre la tecnología y sus reversos: presente en Philip K. Dick (Blade Runner, Minority Report), pero nunca tan profunda y poéticamente expuesta como en el episodio del superordenador Hal 9000 en el film de Kubrick. Pero, más allá de la tecnología y su fascinación, más allá de la preocupación por la posibilidad de encontrar formas de vida inteligentes que se puedan comunicar con nosotros (el gran tema de la ciencia ficción de Spielberg), existía una especie de interrogación sobre el origen y el destino de la raza humana, que denominamos metafísica pero que linda con una especie de ansiedad más o menos religiosa. Es como si Heidegger recorriera todo el mundo de la ciencia ficción y los comandantes estelares, los navegantes del universo, estuvieran buscando respuestas  a los grandes, eternos temas: el ser, el destino individual, la experiencia, la muerte, la ausencia y el origen: respuestas que nunca o casi nunca encuentran. El Océano viviente de Lem, el Monolito de Kubrick, vigilante mudo de los australopitecus, el vacío inconmensurable y el silencio de Rama, generan un discurso que, envuelto en el ropaje de la tecnología y el cosmos, no es ajeno al aliento poético y a los interrogantes existencialistas  de otros directores de cine de aquellos años.
Se hace huera en esa ciencia ficción  la  presencia de grandes guerras espaciales, el interés por las formas de organización política de esos nuevos mundos. Incluso el extraño, el alienígena –tan presente en otras ciencias-ficciones- nunca tiene visibilidad ni presencia, ni forma inteligible para los parámetros terrestres. 



II


Star Wars acaba con todo lo que de abstracto, filosófico, inconmensurable e inhumano tenía la reflexión sobre el espacio comentada. En síntesis porque sustituye lo ominoso y lo desconocido por una concepción de lo espacial totalmente antropológica. Porque lo de más allá será básicamente idéntico a lo de más acá. La concepción del Espacio, de sus conflictos, los seres que vagan por las galaxias, a pesar de su estrafalario e inhumano aspecto, son terriblemente humanos: estamos ante películas de romanos, o del oeste, revestidas de ropajes estelares: explícitamente mostrados por el propio Lucas cuando homenajea clásicas escenas de saloon o carreras a lo Ben Hur (Episodio I).
Recordemos que Star Wars se abre con dos androides en un desierto de un planeta remoto: los paisajes de Lucas remitirán a la geografía terrestre continuamente; y los personajes más inhumanos, los robots, son y actúan de la manera más profundamente humana: por exóticos y lejanos que sean los mundos mostrados, sus estructuras de gobierno son profundamente, arqueológicamente humanas. Nos remitirán a imperios clásicos, a tablas redondas (Yedi) o a estructuras primitivas o democráticas: Todo, los personajes, los sucesos, los conflictos, por muy avanzados tecnológicamente que se encuentren, son terrestres, conocidos, pasados, sentimentales.
Ni siquiera la música de estas películas es ajena a esta transformación: mientras la música de John Williams para la saga de Star Wars es narrativa, épica a veces y muy eficaz para un sinfín de batallas y de connotación de los principios elementales del Bien y del Mal, la partitura que describía las peripecias en 2001 pertenecía a la misma búsqueda esencialista del fondo narrativo fílmico (el Réquiem de Ligeti).
Quizá, salvo excepciones, la literatura de ciencia ficción decae, decae el interés por los viajes espaciales que habían suscitado tanta pasión y controversia desde los tiempos de la Guerra Fría hasta el aterrizaje del hombre en la Luna; los comandantes espaciales ya no son exploradores sino funcionarios, los turistas viajan a golpe de talonario, ya nadie está pendiente de Cabo Cañaveral... Tal vez un nuevo reto, una nueva aventura, Marte, lo que sea, nos lo devuelva, pero parece difícil.
Y más para la vieja ciencia ficción transida de metafísica, definitivamente enterrada, pese a caprichosos y loables intentos  como el Solaris de Soderbergh. La ciencia ficción, en ese sentido clásico, está definitivamente muerta.






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