La muerte de la
Ciencia-Ficción
Abril de 2008
‘El
planeta Tierra es azul,
Y
yo no puedo hacer nada’
(Space Odity, 1969)
David Bowie
El estreno de la Guerra de las Galaxias, 1977, puede
tomarse como la fecha de defunción de la ciencia ficción en el sentido clásico
del término.
Una
forma de concebir la ciencia-ficción, a la que podríamos llamar sin sarcasmo
ciencia-ficción metafísica, fue
clausurada simbólicamente cuando Lucas estrenó La Guerra de las Galaxias, primero y El Imperio Contrataca, después. Soy un gran entusiasta de las dos
películas, pero el giro que imprimen a la reflexión sobre el espacio marca un
antes y un después.
La
ciencia ficción es un género antiguo, rastreable incluso en el siglo XIX, más
presente en el XX (H. G. Wells), incluso tocado por el gran Lovecraft en aquel
cuento maravilloso llamado ‘Los muros de Eryx’; sin embargo son las décadas de
los años 50, pero sobre todo 60 y parte de los 70, donde cuaja una concepción
de la ciencia ficción que no sobrevivirá al film de Lucas.
En
esos años los escritores, los cineastas, los músicos incluso, estaban
verdaderamente colgados por el tema del <espacio> y sus posibilidades. La
música, por ejemplo: existía todo un rock cósmico, sobre todo en Alemania
(Klaus Schulze, Tangerine Dream, etc.), fueron multitud los artistas de primera
línea que creaban obras con estos motivos: Pink Floyd (Astronomine Domine, Interstellar Overdrive, Seth te Controls.., A
saucerful of Secrets, etc.); David Bowie (Space Odity, Life on Mars, Ziggy Stardust). En el Jazz: John
Coltrane (Stelars Regions, etc.,
etc.). Esa misma preocupación de escritores como Lem, Clarke, etc., es
traspasada al cine, siendo Kubrick (2001a
Space Odity) el ejemplo más paradigmático, pero no el único: Tarkovski (Solaris), Wise (Andrómeda), etc.
¿Qué
encontramos en esa ciencia ficción metafísica? Una reflexión sobre la
tecnología y sus reversos: presente en Philip K. Dick (Blade Runner, Minority Report), pero nunca tan profunda y
poéticamente expuesta como en el episodio del superordenador Hal 9000 en el
film de Kubrick. Pero, más allá de la tecnología y su fascinación, más allá de
la preocupación por la posibilidad de encontrar formas de vida inteligentes que
se puedan comunicar con nosotros (el gran tema de la ciencia ficción de Spielberg),
existía una especie de interrogación sobre el origen y el destino de la raza
humana, que denominamos metafísica pero que linda con una especie de ansiedad
más o menos religiosa. Es como si Heidegger recorriera todo el mundo de la
ciencia ficción y los comandantes estelares, los navegantes del universo,
estuvieran buscando respuestas a los
grandes, eternos temas: el ser, el destino individual, la experiencia, la
muerte, la ausencia y el origen: respuestas que nunca o casi nunca encuentran.
El Océano viviente de Lem, el Monolito de Kubrick, vigilante mudo de
los australopitecus, el vacío inconmensurable y el silencio de Rama, generan un discurso que, envuelto
en el ropaje de la tecnología y el cosmos, no es ajeno al aliento poético y a
los interrogantes existencialistas de
otros directores de cine de aquellos años.
Se
hace huera en esa ciencia ficción
la presencia de grandes guerras
espaciales, el interés por las formas de organización política de esos nuevos
mundos. Incluso el extraño, el alienígena –tan presente en otras
ciencias-ficciones- nunca tiene visibilidad ni presencia, ni forma inteligible
para los parámetros terrestres.
II
Star
Wars
acaba con todo lo que de abstracto, filosófico, inconmensurable e inhumano
tenía la reflexión sobre el espacio comentada. En síntesis porque sustituye lo
ominoso y lo desconocido por una concepción de lo espacial totalmente
antropológica. Porque lo de más allá
será básicamente idéntico a lo de más acá.
La concepción del Espacio, de sus conflictos, los seres que vagan por las
galaxias, a pesar de su estrafalario e inhumano aspecto, son terriblemente
humanos: estamos ante películas de romanos,
o del oeste, revestidas de ropajes
estelares: explícitamente mostrados por el propio Lucas cuando homenajea
clásicas escenas de saloon o carreras
a lo Ben Hur (Episodio I).
Recordemos
que Star Wars se abre con dos
androides en un desierto de un planeta remoto: los paisajes de Lucas remitirán
a la geografía terrestre continuamente; y los personajes más inhumanos, los
robots, son y actúan de la manera más profundamente humana: por exóticos y
lejanos que sean los mundos mostrados, sus estructuras de gobierno son
profundamente, arqueológicamente humanas. Nos remitirán a imperios clásicos, a
tablas redondas (Yedi) o a estructuras primitivas o democráticas: Todo, los
personajes, los sucesos, los conflictos, por muy avanzados tecnológicamente que
se encuentren, son terrestres, conocidos, pasados, sentimentales.
Ni
siquiera la música de estas películas es ajena a esta transformación: mientras
la música de John Williams para la saga de Star
Wars es narrativa, épica a veces y muy eficaz para un sinfín de batallas y
de connotación de los principios elementales del Bien y del Mal, la partitura
que describía las peripecias en 2001
pertenecía a la misma búsqueda esencialista del fondo narrativo fílmico (el Réquiem de Ligeti).
Quizá,
salvo excepciones, la literatura de ciencia ficción decae, decae el interés por
los viajes espaciales que habían suscitado tanta pasión y controversia desde los
tiempos de la Guerra Fría hasta el aterrizaje del hombre en la Luna; los
comandantes espaciales ya no son exploradores sino funcionarios, los turistas
viajan a golpe de talonario, ya nadie está pendiente de Cabo Cañaveral... Tal
vez un nuevo reto, una nueva aventura, Marte, lo que sea, nos lo devuelva, pero
parece difícil.
Y más
para la vieja ciencia ficción transida de metafísica, definitivamente
enterrada, pese a caprichosos y loables intentos como el Solaris
de Soderbergh. La ciencia ficción, en ese sentido clásico, está definitivamente
muerta.

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