<La iglesia es importante como
vehículo de revelación, pero sobre todo como comunidad de creyentes que, en la
caridad, escuchan e interpretan libremente, ayudándose y, por tanto
corrigiéndose de forma recíproca, el sentido del mensaje cristiano>
G. Vattimo, ‘Después
de la Cristiandad’
Buena
parte del problema que se suscita en el interior de la comunidad cristiana,
ante cualquier cuestión de actualidad que pueda violentar conciencias o mover posicionamientos,
proviene de un malentendido profundo, quizá irresoluble, sobre lo que quiere
decir para cada uno el término <iglesia>.
Cualquier
cuestión polémica del presente nos sirve de ejemplo: ¿Debe aceptar el cristiano
la homosexualidad y el matrimonio homosexual? ¿Qué debe hacer ante una ley de
plazos (aborto)? Por ejemplo, esto último: el cristiano recibe la noticia de
que un ejecutivo socialista, elevado al gobierno por 11 millones de votos
(donde habrá, es de suponer, por pura lógica sociológica, muchos miles de
‘cristianos’), anticipa que hará una ley de plazos por la cual las mujeres
podrán interrumpir voluntariamente su embarazo en las doce primeras semanas de
gestación. ¿Qué hace el cristiano? Varios pueden ser sus movimientos. Atendamos
algunos posibles.
Hay cristianos que creen que la iglesia es
<jerarquía> y que dentro de la comunidad eclesial hay ‘profesionales’ de
la religión más cualificados que él, por ejemplo la Conferencia Episcopal.
Piensa que Roúco, por ejemplo, está más ungido de revelación y verdad y confía
en su juicio, al que identifica con la opinión de Cristo. Tiene, pues, un
concepto de la religión basado en la tradición, en la obediencia al ‘pastor’:
si Roúco dice que el aborto es un crimen o la homosexualidad una enfermedad,
Roúco veritas dixit. No mide por
tanto la sabiduría del cristiano en términos de amor o caridad. Piensa aún que el dominio de la
fraseología escolática y la instrucción teológica son señales seguras de
verdad. Roúco le supera sin duda en estas últimas, pero, ¿y en amor? ¿Y si
Roúco, por ejemplo, amara menos que sus hermanos menos doctos, ¿qué
ejemplo podemos tomar del hermano cardenal?
Otros cristianos tenemos diferente concepción de la iglesia
(la entendemos no tanto <jerarquía> cuanto <asamblea>, eklesía en
griego). Tal concepción está próxima a la cita del pensador italiano que
pusimos al principio. ¿Somos la oveja
negra del rebaño? ¿Somos, en feliz expresión de Felipe González, cristianos
con minusvalías? Creemos en la caridad más que en los sacrificios y los
grandes gestos. Creemos que Dios, que es Cristo, está al servicio del hombre,
como el sábado, y no al revés. Creemos que la sabiduría cristiana es
horizontal, que reside en el intercambio libre de la palabra libre entre los
hermanos, que la verdad cristiana se construye en comunidad, no de arriba a
abajo.
En Roúco sólo vemos un hombre como
los demás, no un cruzado infalible; vemos un cristiano al que respetar no al
que obedecer ciegamente. Vemos un hombre con contradicciones, como los demás,
un hombre que se apartó del amor al débil y del esclarecimiento de la verdad en
algún caso cercano de pederastia en su diócesis de Madrid; un hombre sincero,
seguro en sus convicciones, mas no necesariamente acertado. ¿Y si el
ciudadano-cardenal se equivoca cuando clama contra los homosexuales? ¿Y si el
denostado homosexual, a pesar de ser un desordenado natural para la
jerarquía, atiende y ama a su pareja enferma de SIDA? ¿Quién está más cerca de
la actitud del carpintero de Nazaret?
Hace ya siglos que Nietzsche nos anunció la muerte de
Dios. Y quisieron hacernos creer que esto era una mala noticia. Hemos
tardado mucho en darnos cuenta que quien moría no era Cristo sino el Dios de la
metafísica. Que no moría el mensaje sino el gran engaño articulado en torno al
mensaje, que no moría el Dios del amor sino
el Júpiter tronante del que se había servido una iglesia mal encaminada.
Que la muerte de Dios, permitiría el fin de la imposición y el comienzo
del creer libre, que la Revelación se podía convertir en libre construcción
comunitaria a partir de unos textos leídos críticamente, que la muerte
del Dios de la metafísica y de los tribunales eclesiásticos permitía la
resurrección del Dios del amor. Que este Dios admite todo menos juzgar y
menos aún condenar a los hermanos que
eligen su sexualidad, que nos obligaba a
amar, no a condenar a la mujer que tomaba en su libertad o en su desesperación
no proseguir un embarazo. Habrá que recordar una vez más el episodio de la
mujer adúltera: ‘Quien de vosotros esté sin pecado,
arrójele la primera piedra (... ) Al oír estas palabras, se retiraron uno tras
otro comenzando por los más ancianos’ (Juan 8, 7-9). ¿Por qué será
que los primeros en agachar la cabeza y marchar fueron ‘los más ancianos’’?
Se
acostumbra a decir que tres grandes pensadores desvelaron la verdad que se
ocultaba tras las máscaras sociales: Marx, Nietsche y Freud. Pero si alguien se
anticipó a quitar la careta de una sociedad hipócrita, ya en el siglo primero,
fue el hijo de José y de María.
Agradecemos vuestros consejos, hermanos Roúco, Asenjo y
compañía. Prudentemente reflexionaremos sobre ellos. Pero tenemos presentes las
palabras de Pablo (Corintios I, 13,11): cuando éramos niños, hablábamos
como niños, razonábamos como niños; pero ahora que hemos llegado a ser hombres
y mujeres adultos, tenemos nuestros humildes, pero propios criterios.
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