domingo, 21 de agosto de 2016

CIUDADANO ROÚCO.








<La iglesia es importante como vehículo de revelación, pero sobre todo como comunidad de creyentes que, en la caridad, escuchan e interpretan libremente, ayudándose y, por tanto corrigiéndose de forma recíproca, el sentido del mensaje cristiano>

               G. Vattimo, ‘Después de la Cristiandad’



Buena parte del problema que se suscita en el interior de la comunidad cristiana, ante cualquier cuestión de actualidad que pueda violentar conciencias o mover posicionamientos, proviene de un malentendido profundo, quizá irresoluble, sobre lo que quiere decir para cada uno el término <iglesia>.
Cualquier cuestión polémica del presente nos sirve de ejemplo: ¿Debe aceptar el cristiano la homosexualidad y el matrimonio homosexual? ¿Qué debe hacer ante una ley de plazos (aborto)? Por ejemplo, esto último: el cristiano recibe la noticia de que un ejecutivo socialista, elevado al gobierno por 11 millones de votos (donde habrá, es de suponer, por pura lógica sociológica, muchos miles de ‘cristianos’), anticipa que hará una ley de plazos por la cual las mujeres podrán interrumpir voluntariamente su embarazo en las doce primeras semanas de gestación. ¿Qué hace el cristiano? Varios pueden ser sus movimientos. Atendamos algunos posibles.
Hay cristianos que creen que la iglesia es <jerarquía> y que dentro de la comunidad eclesial hay ‘profesionales’ de la religión más cualificados que él, por ejemplo la Conferencia Episcopal. Piensa que Roúco, por ejemplo, está más ungido de revelación y verdad y confía en su juicio, al que identifica con la opinión de Cristo. Tiene, pues, un concepto de la religión basado en la tradición, en la obediencia al ‘pastor’: si Roúco dice que el aborto es un crimen o la homosexualidad una enfermedad, Roúco veritas dixit. No mide  por tanto la sabiduría del cristiano en términos de amor o  caridad. Piensa aún que el dominio de la fraseología escolática y la instrucción teológica son señales seguras de verdad. Roúco le supera sin duda en estas últimas, pero, ¿y en amor? ¿Y si Roúco, por ejemplo, amara menos que sus hermanos menos doctos, ¿qué ejemplo podemos tomar del hermano cardenal?
Otros cristianos tenemos diferente concepción de la iglesia (la entendemos no tanto <jerarquía> cuanto <asamblea>, eklesía en griego). Tal concepción está próxima a la cita del pensador italiano que pusimos al principio. ¿Somos  la oveja negra del rebaño? ¿Somos, en feliz expresión de Felipe González, cristianos con minusvalías? Creemos en la caridad más que en los sacrificios y los grandes gestos. Creemos que Dios, que es Cristo, está al servicio del hombre, como el sábado, y no al revés. Creemos que la sabiduría cristiana es horizontal, que reside en el intercambio libre de la palabra libre entre los hermanos, que la verdad cristiana se construye en comunidad, no de arriba a abajo.
            En Roúco sólo vemos un hombre como los demás, no un cruzado infalible; vemos un cristiano al que respetar no al que obedecer ciegamente. Vemos un hombre con contradicciones, como los demás, un hombre que se apartó del amor al débil y del esclarecimiento de la verdad en algún caso cercano de pederastia en su diócesis de Madrid; un hombre sincero, seguro en sus convicciones, mas no necesariamente acertado. ¿Y si el ciudadano-cardenal se equivoca cuando clama contra los homosexuales? ¿Y si el denostado homosexual, a pesar de ser un desordenado natural para la jerarquía, atiende y ama a su pareja enferma de SIDA? ¿Quién está más cerca de la actitud del carpintero de Nazaret?

Hace ya siglos que Nietzsche nos anunció la muerte de Dios. Y quisieron hacernos creer que esto era una mala noticia. Hemos tardado mucho en darnos cuenta que quien moría no era Cristo sino el Dios de la metafísica. Que no moría el mensaje sino el gran engaño articulado en torno al mensaje, que no moría el Dios del amor sino  el Júpiter tronante del que se había servido una iglesia mal encaminada. Que la muerte de Dios, permitiría el fin de la imposición y el comienzo del creer libre, que la Revelación se podía convertir en libre construcción comunitaria a partir de unos textos leídos críticamente, que la muerte del Dios de la metafísica y de los tribunales eclesiásticos permitía la resurrección del Dios del amor. Que este Dios admite todo menos juzgar y menos aún  condenar a los hermanos que eligen su sexualidad,  que nos obligaba a amar, no a condenar a la mujer que tomaba en su libertad o en su desesperación no proseguir un embarazo. Habrá que recordar una vez más el episodio de la mujer adúltera: ‘Quien de vosotros esté sin  pecado, arrójele la primera piedra (... ) Al oír estas palabras, se retiraron uno tras otro comenzando por los más ancianos’ (Juan 8, 7-9). ¿Por qué será que los primeros en agachar la cabeza y marchar fueron ‘los más ancianos’’?
            Se acostumbra a decir que tres grandes pensadores desvelaron la verdad que se ocultaba tras las máscaras sociales: Marx, Nietsche y Freud. Pero si alguien se anticipó a quitar la careta de una sociedad hipócrita, ya en el siglo primero, fue el hijo de José y de María. 
Agradecemos vuestros consejos, hermanos Roúco, Asenjo y compañía. Prudentemente reflexionaremos sobre ellos. Pero tenemos presentes las palabras de Pablo (Corintios I, 13,11): cuando éramos niños, hablábamos como niños, razonábamos como niños; pero ahora que hemos llegado a ser hombres y mujeres adultos, tenemos nuestros humildes, pero propios criterios.







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