La tercera Vía
(Constitución europea y
Cristianismo)
Creo que
la nueva Constitución europea, próxima a aprobarse, sí debe hacer referencia a
los orígenes cristianos de Europa. Espero que mis compañeros de
izquierda me perdonen esta heterodoxia; incluso creo que algunos compartirán mi
idea.
Reconozco lo minoritario de mi posición e
incluso la posibilidad de estar equivocado, pero uno no puede renunciar a
pensar por sí mismo.
Ahora bien, ¿qué dos posturas tienen a buen
seguro muchos más partidarios que este solitario tribuno?
Los unos
Sin
duda una parte sustantiva de los creyentes de toda Europa (católicos, protestantes,
etc.) afirmarán que sin el cristianismo no es posible la idea-unidad de Europa.
Cierto. Una parte sensible de estas personas y, desde luego, en nuestro ámbito
católico, la inmensa mayoría de los religiosos, sus jerarquías y el Vaticano,
creerán que el hacer explícita en la Constitución la palabra
‘cristianismo’restituye a Europa a su verdadera naturaleza de ‘nación’
cristiana. Una parte de estos sectores
cree lo siguiente: la Europa contemporánea, la que arranca
intelectualmente con Kant, Voltaire y Rousseau, y empieza a plasmarse
institucionalmente a través de las revoluciones políticas (1789-1848), ha
adoptado, tímidamente primero, escandalosamente en la actualidad, valores
que son en buena medida <anticristianos>: relativismo de la verdad, igualdad
ante la ley de todas las confesiones, legislaciones permisivas con la
contracepción, el divorcio, cultura puramente hedonista y desespiritualizada,
etc., etc. Expresiones que son frecuentes en ellos como: ‘destrucción de la
familia’, ‘relativismo moral’, ‘sociedad sin valores’, las escuchamos todos
y a todas horas. Para tales sectores el estado laico y la sociedad actual se
configuran en buena medida contra los mandamientos bíblicos. El hecho de
mencionar explícitamente al cristianismo
en la Constitución europea es una restitución del verdadero sentido y la
verdadera dirección que un día tomaron y nunca deberían haber abandonado las
naciones cristianas de Europa.
Los otros
Aún a costa de
simplificar mucho –que nos perdonen- la pluralidad de una buena parte del
pensamiento de la izquierda europea, un sector quizá mayoritario de ella
utilizará la argumentación de los partidarios del ‘sí’ dándole la vuelta, es
decir, invirtiendo el valor de cada uno de los polos de esta (falsa) dicotomía:
laicidad moderna – cristianismo.
Para
buena parte del mundo progresista la democracia moderna, el Estado de Derecho
y las libertades actuales son fruto de
una ardua lucha, que ha costado sangre, sudor y lágrimas, por instaurar un
orden secular y pluralista frente a la tiranía de las concepciones religiosas,
en nuestro ámbito la cristiana, que imponía incluso a la Ciencia y a la
Filosofía una visión del mundo dogmática e irracional. La Iglesia habría sido
culpable durante siglos de retrasar la emancipación de la Política, la
autonomía del estado, el despertar de la Ciencia y la libertad de pensamiento.
Pero, además de la Iglesia, el mismo mensaje cristiano, con su devaluación de
la vida terrena, la insistencia en el más allá, la predicación de la
mansedumbre, etc., habría retardado la llegada de la edad de la razón,
que a duras penas empezó a abrirse paso en el siglo XVIII.
Esta
tesis al defender que el estado laico es la garantía de la libertad para todos,
incluso para los creyentes, que los valores de la secularización son los que
han constituido la Europa del presente y constituirán la del futuro (una Europa
de la integración de etnias y convivencia de religiones será inevitable),
entiende que las referencias explícitas a la religión son un paso atrás; que
incluso la mención del cristianismo tiene algo de violencia lingüística con
otras confesiones y no es lo mejor para construir una Europa de los ciudadanos,
independientemente de cuál sea su credo religioso -si lo tiene- particular.
Ante
esta perspectiva, donde dos grupos diferenciados, partidario del ‘si’ y del
‘no’ con argumentos sólidos y respetables, no acaban de convencernos, ¿qué
hacer? ¿Queda una tercera vía? Intentémoslo.
Nuestro
‘sí’ a que aparezca la palabra <cristianismo> procede de una ‘tesis’ que
no nos hemos inventado nosotros (nuestro pensamiento no es tan profundo) pero
lo hemos escuchado a pensadores importantes, y hemos visto que coincidía con
nuestras intuiciones. Nuestra tesis dice así: La <modernidad> es una
deriva, entre otras posibles, no una ruptura, de la herencia judeocristiana.
Dicho de otro modo, “occidente es cristianismo secularizado”; dicho de otro
modo: la ‘secularización’ que ha construido la Europa actual no es abandono y
distanciamiento radical del cristianismo.
Europa
y occidente, la modernidad, son
en buena parte racionalidad científica, tecnológica y económica. ¿Por qué –se
preguntaba Max Weber- tal ‘racionalidad’ no se ha producido en ningún otro
ámbito cultural del planeta? Porque sólo Europa es hija de la tradición judeo-cristiana.
Yendo más allá: sólo el monoteísmo permite ‘pensar’ la naturaleza en
términos de <unidad>, y sólo bajo una premisa monoteísta ha sido posible
la conquista tecnológica de la naturaleza. Pero
-se dirá- también el Islam es una
civilización monoteísta, también el Islam ha conocido, e incluso ha traído a
Europa en siglos oscuros, la ciencia aristotélica. ¿Por qué en el Islam no se
ha dado el salto inicial a la racionalidad científica que se dio en occidente?
Buena pregunta, a la que quizá haya que responder, provisionalmente, también
con la idea weberiana de que la ética cristiana (protestante en este caso) ha
producido las condiciones psico-sociológicas
que han hecho posible el triunfo del capitalismo, el ahorro, el éxito
económico re-interpretados como señal de aceptación/ predilección divina.
Independientemente
de estos argumentos a los que otros serios se podrán oponer, algunos tenemos la
convicción íntima de que el cristianismo ha sido la única religión capaz de
concebir la encarnación de Dios en el hombre, que, con este gesto ha
‘divinizado’ la naturaleza humana (otros le llaman redención del pecado
original) y ha vuelto sagrada la existencia terrena del hombre, el
sufrimiento y el placer, el amor y la esperanza (<<El reino de los cielos
está dentro de vosotros>>).
No
hay ruptura entre el cristianismo y la modernidad. Del seno de sus elegidos
Jesús escogió uno para que fuera el proto-padre del saber científico, el
modesto Tomás, que quiso certificar con su dedo que aquél, el resucitado, era el
cristo. Aquel gesto, aquel dedo decidido que se introduce en el costado con la
decisión del bisturí (en el famoso cuadro de Caravaggio) dispuesto a saber, a
certificar, fundó sin saberlo la experimentación y la comprobación. También la
Ciencia es hija de la ansiedad del cristiano por desentrañar los misterios de
este mundo.
Europa,
nuestra Europa, le debe mucho a Grecia y a Roma, que fecundamente con el
cristianismo, lenta, arduamente, gracias también a muchos hombres de Iglesia
(empezando por Tomás de Aquino), y
muchas veces con la rémora de una
Iglesia que no había alcanzado aún la ‘edad del espíritu’, trabajosamente
avanzó hacia la modernidad y la secularización, configurando un espacio libre
pero todavía incompleto e imperfecto, falto todavía de amor y solidaridad. Afirmar en un texto
extraordinario, como va a ser la futura Constitución europea que también Europa
es fruto fecundo del Cristianismo es para nosotros una verdad evidente,
incrustada en el mismo corazón de la Historia.
[Publicado en La Rioja, 25 de mayo de 2004 ]
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