lunes, 22 de agosto de 2016

Cómicos


    
 

Una referencia fugaz del escritor Félix de Azúa a dos de los tres más grandes cómicos cinematográficos que ha dado  el siglo XX (el tercero es Buster Keaton), nos ha inspirado estas líneas. Tachaba, a mi entender atinadamente, a Chaplin de <cristiano>, a los hermanos Marx de <nihilistas>. Intentemos bajo las premisas de estas dos formas tan distintas de entender el humor y  la vida, considerar dos actitudes plausibles de estar-en-el-mundo.
Caben pocas dudas de que si alguien en el cine crea una actitud permanente, no sólo un <personaje>, sino una <persona>, que se mantiene bastante idéntica a sí misma durante películas y películas, años y años (incluso con la llegada del sonoro), ese alguien es Charles Chaplin y esa persona es Charlot, el vagabundo. Son tantos los rasgos en que la actitud hacia la vida y los seres de Charlot tiene como modelo a Jesús de Nazaret que parece casi ocioso argumentarlo. Por extensión, aunque se puede calificar toda su actitud vital de ‘humanista’, a nosotros nos parece más adecuado llamarla <cristiana>.
No insistamos mucho en ello, pues parece evidente: al menos dos actitudes de Chaplin son esencialmente cristianas: Charlot tiene el mismo amor por los desvalidos, presenta muchos de los rasgos profundamente antiinstitucionales de Jesús (aunque hayan sido sepultados por siglos de colaboración de la Iglesia con los poderes temporales) y, desde luego, actúa con su mismo optimismo vital incurable: su afirmación de la vida, de lo vivo, y la capacidad del ser humano para perdonar y rectificar una y otra vez.
Es posible que esta actitud de Chaplin, que aún está intacta en el Gran Dictador, por ejemplo, se volatilice en el creador maduro, desencantado, afectado por el macartismo, reñido con la Industria y que se ha vuelto más escéptico (Monsieur Verdoux); mas esto no afecta al Charlot de tantas y tantas obras maestras que estamos considerando.
También estaremos de acuerdo en que los Hermanos Marx representan otra forma de humor y de crítica social, menos <constructiva>, más descarada, que bien podemos calificar de <nihilista>, como podíamos hacerlo de <anarquista>, hedonista, etc. Es verdad que casi en cada película les encargan un <caso> donde deben hacer posible el amor de la pareja ‘buena’ y desenmascarar-ridiculizar a los malvados. Pero todo ello parece en realidad demasiado forzado, innecesario, de tercera categoría, en relación con las verdaderas secuencias de los Marx en estado puro, en que el humor, la acidez y la burla de la Cultura se despliega sin cortapisas. Piénsese, entre otros muchos ejemplos, en el inicio de Un día en las Carreras, cuando Chico Marx vende decenas de volúmenes a Groucho, que sólo quiere apostar dos dólares a un caballo (el diálogo se inicia así:

(Groucho) Oiga, dos dólares a Sun-up
- (Chico). Al rico helado de Tutti-Frutti. ¡Ps! Oiga, usted
- (Groucho) Sí
- (Chico): ¿quiere un pronóstico caliente?
- (Groucho): no, gracias, acabo de comer. Además, no me gustan los helados calientes )

 Otras secuencias son más claramente corrosivas de las buenas maneras sociales, del barniz de superficialidad social que encubre la violencia del fuerte y la brutalidad de las clases dominantes, que son constantemente ridiculizadas: recuérdese la secuencia de los sombreros en Una Noche en la Ópera.
Cierto es que en los propios hermanos Marx hay también diferencias de estilo fundamentales: mientras Groucho dinamita el lenguaje convencional y ridiculiza las costumbres burguesas por exageración o por presentarlas descarnadamente (‘¿Quiere casarse conmigo, le dejó mucho dinero?…), Harpo Marx es sin duda la sinrazón absoluta, el niño eterno, las apremiantes demandas del Deseo, el capricho y el instinto, el juego. El otro hermano, tan genial como los otros dos, Chico Marx, participa de características de ambos: la palabra (Groucho), la acción (Harpo).
Estos dos modelos de comicidad que se expresan a través del cine pueden reflejar  modelos de  comportamiento humano que encontramos, sin el brillo del genio, en los hombres corrientes, en nosotros. Conozco, conoceremos, muchos hombres y mujeres que siguen viviendo con la actitud de Chaplin, que es la actitud de la caridad. Están dentro y fuera de la Iglesia, están dentro y fuera del cristianismo. Viven en una actitud de servicio, reconocen en los sufrimientos ajenos el espejo de los propios, son rebeldes ante la violencia siempre injustificable que se produce en todos los ámbitos de la vida: en el hogar, en el siniestro y cruel terrorismo, en el trabajo. Son contradictorios, desde luego, no ángeles, pero mantienen viva la fe en una esperanza de mejora radical de la sociedad y la persona.
Seguramente más hombres y mujeres se parecen también en algo a los Marx: el individualismo no parece tanto una elección para el ser humano de hoy como una exigencia de estos tiempos. Tiempos de escepticismo sensato que nos han vacunado contra la creencia de que las ideologías o los grandes discursos puedan cambiar la vida; individualismo hedonista al que la presión de todo lo que nos rodea nos empuja. No necesariamente malo, en absoluto, pero que en nosotros debería ser corregido con una disponibilidad hacia el otro, la convicción de que también el otro tiene derecho a lo mismo, y que, aunque no haya verdades eternas, si hay una norma inquebrantable: todo ser humano es sagrado y vale tanto como yo.
            Les propongo todo un programa doble para este verano: el amor a la humanidad de Chaplin y la crítica cultural y el hedonismo (responsable) de los Hermanos Marx.





Junio 2008
Publicado en La Rioja el 8 de julio de 2008



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