
Hace
exactamente 50 años, el 4 de enero de 1960, fallecía en un accidente de
tráfico, en plena madurez vital y creativa, el escritor Albert Camus. Una
muerte inesperada, absurda, precisamente para quien tanto había escrito y
reflexionado sobre el absurdo de la existencia humana, a la que había comparado
con el destino de Sísifo, condenado por los dioses a subir eternamente una roca
a la cima de una montaña para, después, verla rodar hacia el llano y tener que
recomenzar el eterno e inútil trabajo.
Murió
Albert Camus –que había recibido el premio Nobel de Literatura en 1957- sin
conocer el destino final de su tierra argelina. Había sido un hombre del Sur, un ser Mediterráneo, con sangre española, que llevaría siempre el sol
implacable de su infancia a sus escritos luminosos y esclarecedores; el mismo
sol que ciega al abúlico Mersault en una playa, bajo el sofocante verano
argelino, y le lleva a cometer un crimen absurdo, como cuenta El Extranjero, una de sus novelas más
famosas.
Escritor
de obras inmortales de teatro: Calígula,
Los Justos…; relatos y novelas, como La
Peste o El extranjero y de una
obra ensayística de enorme interés: El
Hombre Rebelde (repaso a dos siglos de nihilismo europeo) o la mencionada El Mito de Sísifo, además de un
sinnúmero de artículos y colaboraciones periodísticas, fue singularmente una
humanista sin adjetivos, comprometido con la defensa del Hombre y de la
Justicia en el mundo. Ello le llevó
simpatizar con la II República, con los hombres de la izquierda española
en el exilio, especialmente con los anarcosindicalistas; a denunciar sin
titubeos los totalitarismos de su tiempo, el nazismo desde luego, pero también
el estalinismo y el experimento soviético, en nombre de la libertad y dignidad
humanas. Ello lo estigmatizó con la incomprensión y la crítica feroz de buena parte de la gauche divine francesa y europea, que
durante muchos años cerró los ojos a los gulags y a los crímenes cometidos en
nombre del progreso o de la igualdad.
Próximo a la sensibilidad de un Cristo y de un
Nietzsche a partes iguales, no desmayó en la defensa del ser humano y fue
crítico con la fascinación que tanto la izquierda como la derecha sentían por
el imparable progreso técnico. Su sensibilidad hacia la causa del hombre lo
posiciona –a nuestro juicio- cerca de un cristianismo terreno, ético,
individualista y a-institucional.
Mientras todos los intelectuales que le criticaron ferozmente han perdido el
favor de quienes luchan en tantos ámbitos por la justicia humana, Camus no ha
dejado de crecer como referente ético de las nuevas generaciones de jóvenes
comprometidos; sus predicciones han resultado ciertas, y -a pesar del absurdo
que como tantos existencialistas de aquella generación situó en el epicentro de
la vida humana- su carácter rebelde, incluso contra tal condición filosófica ,
lo empuja a encontrar sentido en hacer el bien al prójimo, no en anunciarle
plagas y castigos, como el Dr. Rieux en La
Peste (“Todavía hay en el hombre más
cosas dignas de admiración que de desprecio”) y a afirmar cosas tan
hermosas como ésta:
Sísifo
enseña la suprema fidelidad que niega a los dioses y levanta las rocas. Este
universo, que se ha quedado sin dueño, no se le antoja estéril ni fútil. Cada
grano de esta piedra, cada fulgor mineral de esta montaña llena de noche, constituye en sí mismo un mundo. La
propia lucha por alcanzar las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Es preciso imaginar a Sísifo feliz.
30,
Diciembre, 2009
Publicado
en La Rioja el 4 de Enero de 2010
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