jueves, 29 de septiembre de 2016

Constitución europea y cristianismo


Resultado de imagen de CARAVAGGIO LA INCREDULIDAD TOMAS


Creo que la nueva Constitución europea, próxima a aprobarse, sí debe hacer referencia a los orígenes cristianos de Europa. Espero que mis compañeros de izquierda me perdonen esta heterodoxia; incluso creo que algunos compartirán mi idea.
Reconozco lo minoritario de mi posición e incluso la posibilidad de estar equivocado, pero uno no puede renunciar a pensar por sí mismo.
Ahora bien, ¿qué dos posturas tienen a buen seguro muchos más partidarios que este solitario tribuno?           

Los unos

            Sin duda una parte sustantiva de los creyentes de toda Europa (católicos, protestantes, etc.) afirmarán que sin el cristianismo no es posible la idea-unidad de Europa. Cierto. Una parte sensible de estas personas y, desde luego, en nuestro ámbito católico, la inmensa mayoría de los religiosos, sus jerarquías y el Vaticano, creerán que el hacer explícita en la Constitución la palabra ‘cristianismo’restituye a Europa a su verdadera naturaleza de ‘nación’ cristiana. Una parte de estos sectores  cree lo siguiente: la Europa contemporánea, la que arranca intelectualmente con Kant, Voltaire y Rousseau, y empieza a plasmarse institucionalmente a través de las revoluciones políticas (1789-1848), ha adoptado, tímidamente primero, escandalosamente en la actualidad, valores que son en buena medida <anticristianos>: relativismo de la verdad, igualdad ante la ley de todas las confesiones, legislaciones permisivas con la contracepción, el divorcio, cultura puramente hedonista y desespiritualizada, etc., etc. Expresiones que son frecuentes en ellos como: ‘destrucción de la familia’, ‘relativismo moral’, ‘sociedad sin valores’, las escuchamos todos y a todas horas. Para tales sectores el estado laico y la sociedad actual se configuran en buena medida contra los mandamientos bíblicos. El hecho de mencionar explícitamente al cristianismo  en la Constitución europea es una restitución del verdadero sentido y la verdadera dirección que un día tomaron y nunca deberían haber abandonado las naciones cristianas de Europa.


Los otros

          Aún a  costa de simplificar mucho –que nos perdonen- la pluralidad de una buena parte del pensamiento de la izquierda europea, un sector quizá mayoritario de ella utilizará la argumentación de los partidarios del ‘sí’ dándole la vuelta, es decir, invirtiendo el valor de cada uno de los polos de esta (falsa) dicotomía: laicidad moderna – cristianismo.
            Para buena parte del mundo progresista la democracia moderna, el Estado de Derecho y  las libertades actuales son fruto de una ardua lucha, que ha costado sangre, sudor y lágrimas, por instaurar un orden secular y pluralista frente a la tiranía de las concepciones religiosas, en nuestro ámbito la cristiana, que imponía incluso a la Ciencia y a la Filosofía una visión del mundo dogmática e irracional. La Iglesia habría sido culpable durante siglos de retrasar la emancipación de la Política, la autonomía del estado, el despertar de la Ciencia y la libertad de pensamiento. Pero, además de la Iglesia, el mismo mensaje cristiano, con su devaluación de la vida terrena, la insistencia en el más allá, la predicación de la mansedumbre, etc., habría retardado la llegada de la edad de la razón, que a duras penas empezó a abrirse paso en el siglo XVIII.
            Esta tesis al defender que el estado laico es la garantía de la libertad para todos, incluso para los creyentes, que los valores de la secularización son los que han constituido la Europa del presente y constituirán la del futuro (una Europa de la integración de etnias y convivencia de religiones será inevitable), entiende que las referencias explícitas a la religión son un paso atrás; que incluso la mención del cristianismo tiene algo de violencia lingüística con otras confesiones y no es lo mejor para construir una Europa de los ciudadanos, independientemente de cuál sea su credo religioso  -si lo tiene- particular.
            Ante esta perspectiva, donde dos grupos diferenciados, partidario del ‘si’ y del ‘no’ con argumentos sólidos y respetables, no acaban de convencernos, ¿qué hacer? ¿Queda una tercera vía? Intentémoslo.
            Nuestro ‘sí’ a que aparezca la palabra <cristianismo> procede de una ‘tesis’ que no nos hemos inventado nosotros (nuestro pensamiento no es tan profundo) pero lo hemos escuchado a pensadores importantes, y hemos visto que coincidía con nuestras intuiciones. Nuestra tesis dice así: La <modernidad> es una deriva, entre otras posibles, no una ruptura, de la herencia judeocristiana. Dicho de otro modo, “occidente es cristianismo secularizado”; dicho de otro modo: la ‘secularización’ que ha construido la Europa actual no es abandono y distanciamiento radical del cristianismo.
            Europa y occidente, la modernidad,  son en buena parte racionalidad científica, tecnológica y económica. ¿Por qué –se preguntaba Max Weber- tal ‘racionalidad’ no se ha producido en ningún otro ámbito cultural del planeta? Porque sólo Europa es hija de la tradición judeo-cristiana. Yendo más allá: sólo el monoteísmo permite ‘pensar’ la naturaleza en términos de <unidad>, y sólo bajo una premisa monoteísta ha sido posible la conquista tecnológica de la naturaleza. Pero  -se dirá- también el Islam  es una civilización monoteísta, también el Islam ha conocido, e incluso ha traído a Europa en siglos oscuros, la ciencia aristotélica. ¿Por qué en el Islam no se ha dado el salto inicial a la racionalidad científica que se dio en occidente? Buena pregunta, a la que quizá haya que responder, provisionalmente, también con la idea weberiana de que la ética cristiana (protestante en este caso) ha producido las condiciones psico-sociológicas   que han hecho posible el triunfo del capitalismo, el ahorro, el éxito económico re-interpretados como señal de aceptación/ predilección divina.
            Independientemente de estos argumentos a los que otros serios se podrán oponer, algunos tenemos la convicción íntima de que el cristianismo ha sido la única religión capaz de concebir la encarnación de Dios en el hombre, que, con este gesto ha ‘divinizado’ la naturaleza humana (otros le llaman redención del pecado original) y ha vuelto sagrada la existencia terrena del hombre, el sufrimiento y el placer, el amor y la esperanza (<<El reino de los cielos está dentro de vosotros>>).
            No hay ruptura entre el cristianismo y la modernidad. Del seno de sus elegidos Jesús escogió uno para que fuera el proto-padre del saber científico, el modesto Tomás, que quiso certificar con su dedo que aquél, el resucitado, era el cristo. Aquel gesto, aquel dedo decidido que se introduce en el costado con la decisión del bisturí (en el famoso cuadro de Caravaggio) dispuesto a saber, a certificar, fundó sin saberlo la experimentación y la comprobación. También la Ciencia es hija de la ansiedad del cristiano por desentrañar los misterios de este mundo.
            Europa, nuestra Europa, le debe mucho a Grecia y a Roma, que fecundamente con el cristianismo, lenta, arduamente, gracias también a muchos hombres de Iglesia (empezando por  Tomás de Aquino), y muchas veces con la rémora de  una Iglesia que no había alcanzado aún la ‘edad del espíritu’, trabajosamente avanzó hacia la modernidad y la secularización, configurando un espacio libre pero todavía incompleto e imperfecto, falto todavía de  amor y solidaridad. Afirmar en un texto extraordinario, como va a ser la futura Constitución europea que también Europa es fruto fecundo del Cristianismo es para nosotros una verdad evidente, incrustada en el mismo corazón de la Historia.
  
   
[Publicado en La Rioja, 25 de mayo de 2004 ]

                                          

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