“Esa
desolación que expresan los ojos del gorila: un mamífero fúnebre. Yo desciendo
de esa mirada”.
(Cioran)

A finales del mes de abril el diputado ‘verde’ Francisco Garrido, integrado en el Grupo Parlamentario
Socialista del Congreso, presentó una proposición no de ley para acabar con la
‘esclavitud’, el maltrato, la experimentación o
exhibición con fines lucrativos de los grandes simios (chimpancés,
gorilas, orangutanes, bonobos), proposición que se enmarca dentro del
movimiento internacional Proyecto Gran Simio en España.
( www.proyectogransimio.org)
Cualquiera que sea nuestra opinión sobre la evolución humana, ninguna
postura puede negar la íntima proximidad entre los grandes simios y nosotros.
Un día bajamos de los árboles, empezamos a erguirnos, a liberar las manos,
aumentamos nuestra capacidad cerebral y creamos un lenguaje complejo y todo un
mundo simbólico y representativo; así
dijimos adiós a gorilas,
orangutanes y chimpancés. Sin embargo, su proximidad con el hombre, su humana
mirada, el silencio con que parecen reprocharnos nuestro comportamiento
mientras los empujamos a la extinción, al divertimento de turistas o a los
laboratorios, levanta contra nosotros un dedo acusador: ¿qué estas haciendo con
la tierra, qué con la diversidad, qué con nosotros, con los que tienes tanto en
común?
Es imposible observar a los grandes primates en su sociabilidad o las
formas de relación afectiva de la madre con la cría sin reconocernos allí. Pero
nuestro parentesco no es una mancha de origen, sino un orgulloso pasado común
en la inmanencia. No es que formen una sociedad perfecta, sin conflictos, sin dominadores, sin rivalidad; a veces
nos recuerdan nuestras propias comunidades, pero sin sofisticación. No sólo el
ADN que compartimos, existen muchas pautas
sociales, muchas adquisiciones culturales
en común entre hombre y simios (transmisión
a los hijos, recuerdos temporales, autoconciencia, sentido del humor o del tiempo, etc.), como
vienen diciendo los etólogos.
Respetarles es respetarnos a nosotros mismos. Si creemos en la teoría
de la evolución, la única científicamente demostrada, como si permanecemos en
un estricto creacionismo, el animal debe ser un ser a respetar. Todos debemos
estar de acuerdo en eso: el respeto a los primates superiores es un respeto a
quien los puso en el mundo, o a la
fecunda capacidad plástica de la vida. A pesar de las estupideces sin número
que los graciosos llevan semanas
soltando, especialmente en los medios ultraderechistas que copan determinadas
emisoras y periódicos, su defensa no es incompatible con ninguna otra causa:
sea la de los embriones y células madre para unos o la injusticia y falta de medicinas o alimentos
para otros. Algún eclesiástico ha censurado esta iniciativa como ‘progresismo
ridículo’, olvidando el respeto y amor de San Francisco por la naturaleza o el
cariño de Jesús hacia las criaturas vivas, a
quienes el padre celestial alimenta.
Durante siglos el simio fue un
elemento fundamental de la iconografía del arte occidental; acechando o
encadenado detrás de reyes, príncipes o mendigos simbolizaba los vicios, la
falta de razón, los apetitos, frente al orden (provisional) que imponía la
inteligencia humana o la luz divina; pero lejos de ser cierto habría que
invertir la imagen: los grandes monos no han hecho nada malo al hombre, pero
han sido diezmados, sacrificados, experimentados, exhibidos… ¿Quién debe,
pues, algo a quién? ¿Por qué no
reconocerles derechos que eviten su sufrimiento o su aniquilación? Devolverles
jurídicamente en protección algo de la belleza que ellos han aportado a la
vida. Ése es el sentido de la proposición del PSOE y del diputado Garrido.
[Publicado en La
Rioja, el 10/05/06]
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